domingo, 28 de octubre de 2007

-Covarrubias



La villa de Covarrubias se halla emplazada a orillas del Arlanza, con los sugerentes relieves
calizos de la Sierra de las Mamblas como telón de fondo. La multitud de cavidades de color ocrerojizo
que se abren en las paredes rocosas del entorno, debidas a los procesos de karstificación de la
caliza, han dado su nombre a Covarrubias.

Estas tierras fueron habitadas por el hombre desde tiempos del paleolítico. De la Edad del Bronce quedan restos de un hacha plana. Los primeros pobladores conocidos de Covarrubias fueron los Turmódigos, tribu ibérica pre-romana extendida por gran parte de la provincia de Burgos, como otras tribus de filiación celtibérica. Ellos fueron los primeros en habitar en el entorno inmediato de la Villa. Muchos de sus castros se hallaban ubicados en los altos, podemos ver los restos de un poblado protegido por una incipiente muralla de piedras apiladas en la Muela, en la cercana sierra de Mamblas.
Cerca de Quintanilla de las Viñas, existen vestigios de un poblado celta, como celtas son las estelas funerarias de Lara.
Una vez romanizada, se estableció un castro defensivo y en el llano una pequeña población de la que se han encontrado restos de cerámica, monedas, una ara votiva dedicada al dios Júpiter y restos de inscripciones en las cercanias de la ermita de Redonda y en torno a la iglesia de Santo Tomás.
La huella romana subsiste en el puente que accede a la villa, en el severo torreón ciclópeo -de base probablemente ibera- y en los descubrimientos del Llano de Redonda. La relativa proximidad de la fabulosa Clunia, tuvo que dejar necesariamente muestras de su influencia iberica y romana.
Se mantiene la creencia de que durante la época visigoda es la primitiva iglesia de San Cosme y san Damián. Mandada levantar por el Chindasvinto en el siglo VII, hacia el año 645. Así como el levantamiento de la muralla que rodeaba a la población que quedó arrasada unos años más tarde, hacia el año 737, por los árabes, después de dar muerte a los religiosos del monasterio y a su abad Astorgio.
Durante los decenios siguientes, la meseta se convierte en una tierra de nadie, despoblada y abandonada hasta finales del siglo IX, cuando aparece la inmensa figura de Fernán González, Conde Soberano de Castilla.
El joven conde Fernán González gustaba de descansar en esta villa, en el palacio que tenía su madre Munniadonna. A lo largo de su vida, aunmentó considerablemente su relación con Covarrubias.
Garcí Fernández, su hijo, tomó el relevo en la reconquista a los sarracenos y la unificación de Castilla. A él se debe el engrandecimiento de Covarrubias.
En el año 972 los abades Velasco y Martín con los demás monjes de Valeránica ceden la iglesia y la villa de Covarrubias al conde Garci Fernández a cambio de las aldeas cercanas de San Román, Licinio y Cornelianos, y funda el Infantado de Covarrubias, con lo que la villa se convierte en capital de un extenso territorio eclesiástico, civil e independiente.
En un principio, sería disfrutado por su hija Urraca. La infanta gobernadora sería la única con poder pleno sobre todo lo ubicado en tal demarcación: la que resolvería cuanto fuera preciso a tenor de sus amplísimas atribuciones, la que, en suma, anularía la autoridad del Conde Soberano de Castilla o del mismo rey. Todos cuantos habitaran en tal jurisdicción pasarían a ser vasallos directos de la Infanta. Como los dominios del Infantado iban a dispersarse por un área muy amplia (gran parte de las provincias actuales de Burgos, Santander, Alava, Logroño y Palencia) sus habitantes podrían circular por toda Castilla con entera libertad.
En sus comienzos el infantado de Covarrubias comprendería setenta villas e iglesias, veinte monasterios, infinidad de caserios, quintas, montes, prados, pozos de sal, etc.
El infantado atravesó una grave crisis a la muerte de doña Sancha, infanta de Covarrubias, y del rey de Castilla Sancho III. Nadie podía ocupar la vacante, y Alfonso VIII confió al Arzobispo de Toledo la célebre institución. Pero Fernando III el Santo -nieto de Alfonso VIII- consumó la restauración a instancias de su madre doña Berenguela. Este soberano reunió los miembros separados, devolvió su autonomía primitiva y no habiendo en Castilla Infanta, instauró en su gobierno al Infante don Felipe.
Fue don Felipe uno de los varios hijos que Fernando III tuvo Beatriz de Suavia. Vivió durante sus primeros años bajo la tutela de su abuela doña Berenguela, y queriendo ésta que el niño se inclinára por la carrera eclesiástica le puso por maestro al Arzobispo de Toledo, don Rodrigo. En 1248 quedó vacante la abadía de Covarrubias y don Fernando III presentó a su hijo para esta dignidad. Pero la aparición de la princesa Kristina de Noruega, hija del rey Haakon Haakonson, en Castilla, segó la vida religiosa de Felipe. Ambos se casaron el día 31 de Marzo de 1258 en Valladolid.
Pero la dulce princesa nórdica, muere de melancolía en Sevilla, tras cuatro años de matrimonio, encerrada en su palacio, añorando los fiordos noruegos, y su vida en Tönsberg. Fue enterrada en la colegiata de Covarrubias.
Pero fueron los siglos XV y XVI los siglos de plenitud para esta localidad. En esta época experimentó un gran desarrollo urbano, ampliándose con tres arrabales situados en las salidas de los caminos principales que parten de Covarrubias. La prosperidad de la abadía y de la villa así como la situación de privilegio con la que contaban, aparece una clase acomodada de clérigos e hidalgos cuyas empresas dejarán su impronta en la vida pública de España. Durante el siglo XV se reedifica la iglesia de Santo Tomás y la nueva colegiata, mostrando la riqueza del gótico burgalés. En el siglo XVI se añade el claustro sustituyendo al románico anterior. En Covarrubias nace en 1524 el “Divino” Vallés, médico personal de Felipe II.
A mediados de siglo se restaura el palacio de Fernán González y unos años más tarde se comienza la construcción del Archivo del Adelantamiento de Castilla, creado por una orden de Felipe II. Durante los últimos años del siglo XVI, Covarrubias vio reducida su población por una mortal epidemia que asoló a toda España. Así en 1590 Francisco Valles mandó demoler sus murallas para una mejor ventilación de la villa. A partir de 1759, y con la desaparación de la Abadía, los privilegios quedaron anulados, y si alguno de carácter civil logró subsistir, solamente alcanzó al reinado de Isabel II, durante el que fueron abolidos todos definitivamente.
Son años de decadencia, en los siglos siguientes, XVII, XVIII y XIX apenas hay hechos significativos. Ya en el siglo XX, un gran incendio amenaza con la destrucción de la Colegiata, pudiéndose salvar todo el tesoro gracias a la rápida actuación de los vecinos.
Los escenarios no han cambiado demasiado. Aún podemos contemplar la Villa tal y como la viera el buen conde Fernán González desde el Piélago, cuando volvía del monte de Retuerta de cazar.

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