lunes 19 de mayo de 2008

-Hacinas


La villa de Hacinas se encuentra en uno de los parajes más bellos y pintorescos del viejo
alfoz de Lara, a los pies de un pequeño montículo desde el que se domina el valle regado por el río
Arlanza. La comarca está dominada por una gran plataforma rocosa, la Peña de Carazo, fortaleza
natural que gozó de un gran valor estratégico en el pasado.
Este territorio, habitado desde la prehistoria, ha sido siempre una encrucijada de culturas. Los arévacos, tribu celta que ocupó estas tierras, dieron paso a la civilización romana, que extendió su hegemonía desde la cercana Clunia. Quedan también abundantes restos de la época visigótica (eremitorios como la cueva de San Marcos, tumbas antropomorfas de piedra que pueden contemplarse al lado de la iglesia de San Pedro).
Hacinas, que en el siglo X forma parte del Alfoz de Lara, se integra en el Fuero de Salas, otorgado por Gonzalo Gustios, padre de los Siete Infantes sobre los que versa el célebre romance castellano. Desde el siglo X, la villa formó parte del señorío de diversos nobles y entidades eclesiásticas hasta que en el siglo XIV pasó al señorío de los Velasco y en el XVI al de los condes de Monterrey. El trazado del pueblo es irregular y alargado y se divide desde el siglo XVI en cuatro barrios: Barrio de la Fuente, la Revilla, Barrio Nuevo y San Pedro, antes denominado la Calleja. No se conservan casas de blasones ni escudos nobiliarios.

A la entrada del pueblo se puede contemplar una curiosa colección de árboles fosilizados pertenecientes a la era secundaria con unos 120 millones de años de edad. Están considerados como unos de los fósiles vegetales mejor conservados de toda la Península Ibérica.
El castillo, en estado ruinoso, fue levantado entre finales del siglo IX y principios del X y tuvo una importancia destacada en las luchas con Navarra del siglo XI. Es un espléndido mirador desde el cual se contempla una vista privilegiada.

En la Plaza Mayor se sitúa la picota, levantada en el siglo XVI. Asimismo, de la plaza arranca una escalinata que conduce a la iglesia de San Pedro cuyo campanario, asentado directamente sobre la roca, otorga al pueblo una pintoresca silueta. La torre-campanario de Hacinas es uno de sus elementos emblemáticos. Es una espadaña natural de roca arenisca, de 20 metros de altura, con dos ventanales de arco de medio punto y la figura del Sagrado Corazón sobre ellos.
La iglesia, cimentada directamente sobre la roca, presenta una fábrica en la que se mezclan los estilos gótico y barroco, conservándose sólo seis capiteles de lo que fue el primitivo templo románico. Mientras las naves y la cabecera son góticas, la torre y la monumental portada, presidida por una escultura de San Pedro, son barrocas. En el interior hay cinco retablos también barrocos. En las afueras de la población se encuentra la ermita de Santa Lucía, construcción realizada en los siglos XVI y XVII.

Uno de los elementos más interesantes de la villa es su entramado urbano, que conserva uno de los más ricos repertorios de la arquitectura popular de la Sierra. Hay que destacar la presencia de las características chimeneas encestadas, así como la utilización de la piedra, como material constructivo básico, y de los entramados.
Hacinas es uno de los pueblos que mejor ha sabido conservar sus tradiciones. Entre sus fiestas hay que destacar la romería de Santa Lucía, que se celebra el domingo anterior a la festividad de San Mateo (21 de septiembre), y los carnavales, con la tarasca, la vaca adornada y sus comarrajos. Según la tradición, la imagen fue hallada en el hueco de una peña próxima a la actual ermita.
Fuente: turismoburgos.org

jueves 15 de mayo de 2008

-Ervigio y Vitulo.


Por el 796, dos ricos propietarios llamados Lebato y Muniadona bajaron las gargantas del monte Ordunte por el puerto de Tornos hacia el valle de Mena. Con ellos iban gentes de su casa, siervos deseosos de salir de las estrecheces de los valles astur-cántabros.


Sus hijos, el abad Vitulo y el sacerdote o presbítero Ervigio, continuaron su obra aprovechando la influencia de la familia en la zona. En el actual pueblo de Burceña, al pie del monte Ordunte, construyeron con sus propias manos una iglesia dedicada a San Esteban, realizando también presuras alrededor y recuperando varios molinos. Manejan el arado y el azadón, acarrean piedra,, plantan viñas, siembran, construyen y cuidan los rebaños. Un poco más al sur, en la falda de un monte, levantaron otra iglesia a la que enriquecen con reliquias de San Emeterio y San Celedonio en Taranco, al que dotan de libros, ganados, tierras, molinos y casas, y realizan presuras alrededor incluyendo los núcleos de Fauzes (Hoz de Mena) y Ordelione (Ordejón de Ordunte) entre otros.


Hacia el oeste, el abab Vitulo cruzó el monte Cabrio, frontera entre Castilla y el valle de Mena, y encontró las ruinas de la antigua Area Patriani. , posiblemente al actual pueblo de Agüera. Allí levantan la iglesia de San Martín, realizan presuras en los campos de alrededor y construyeron molinos en el río. Allí comenzó a construir lo que andando los años sería Espinosa de los Monteros, junto a la vía romana que iba desde Amaya hasta Flaviobriga.

lunes 12 de mayo de 2008

-El siglo XIX Burgalés. II


Queda fuera de toda duda que la Desamortización eclesiástica, aparte de otros efectos, tuvo
una incidencia claramente negativa en la historia del Patrimonio artístico, toda vez que desaparecen del mapa cultural del momento los monasterios masculinos, centros tradicionales de cultivo y renovación de las artes, y se cortan de raíz las fuentes materiales que sustentaban el patrocinio artístico del resto de entidades religiosas, forzadas, en su mayoría y en el mejor de los casos, a una política de conservación de lo heredado del pasado.
Fuera de este sombrío panorama queda la Iglesia Episcopal, que sabe compensar la pérdida de poder económico con el mantenimiento y, desde finales del siglo XIX, la intensificación de su influencia religiosa, política y social, lo que le permitirá recomponer con ventaja su figura institucional, como dejan de manifiesto los edificios de nueva planta que se levantan en la cabecera de la diócesis burgalesa a finales del siglo XIX y principios del XX: el Seminario Menor de San José, el Mayor de San Jerónimo –actual Facultad de Teología--, y el Palacio arzobispal. Todavía en los años sesenta del mismo siglo XX, en la plenitud del Franquismo, la iglesia diocesana se dota de un nuevo y emblemático edificio para albergar el Seminario Mayor, último eslabón de una larga etapa cultural y religiosa de signo expansivo, que dará paso, en las últimas décadas del siglo, a una política claramente defensiva, compartida por los poderes públicos, de conservación y restauración de su patrimonio.

Por lo demás, el siglo XIX seguirá animando la vida política y social de los burgaleses con sucesivos episodios bélicos –las Guerras Carlistas I (1833-1840) y II (1846-1849), sobre todo— y repetidos sobresaltos políticos, que sólo remitirán cuando, en 1874, se instaure el régimen de la
Restauración, sistema político que permitirá un tránsito sosegado del siglo XIX al XX. Entre crisis y remansos de paz, la población burgalesa apenas crece en la centuria decimonónica, pasando de 240.000 habitantes a 338.000 para el conjunto provincial, y de 13.000 a 30.000 para la capital. En todo caso, este tímido crecimiento, que para la ciudad de Burgos se debe más a la inmigración que a la propia dinámica demográfica, se produce de manera entrecortada y espasmódica, como corresponde a una sociedad que vive aún dentro de los parámetros económicos propios del Antiguo Régimen, con un sector agrícola dominante, pero estancado técnica y gerencialmente, y un sector secundario que se resiste a superar los marcos de la artesanía tradicional, salvo, tal vez, en Pradoluengo, Miranda de Ebro y la capital del Arlanzón.

Al final de siglo, la ciudad de Burgos se debate entre la nostalgia del pasado y las incertidumbres del futuro. En primer lugar, el desarrollo de las comunicaciones –primero las carreteras y después el ferrocarril— la sitúan en una excelente posición estratégica en el tercio norte peninsular, posición que más se debe a las exigencias de los emergentes núcleos industriales periféricos que al dinamismo interno. Y, en segundo término, la consolidación como una ciudad-sede de las instituciones propias del Estado liberal –Audiencia Territorial y Diputación Provincial— y de las instancias de poder más antañonas, ahora renovadas --Capitanía General, con sus cuarteles anejos, Sede Arzobispal— van a conferir a esta capital un aire funcionarial netamente conservador, en cuyas calles predominarán los tipos humanos representados por los clérigos, los militares, los altos funcionarios y una minoría de comerciantes y artesanos de vuelo corto y vida social recogida en los casinos y clubes de la alta sociedad.
Al calor de estas instituciones y grupos más adinerados de la población, la ciudad mejora su aspecto con el alzado de nuevos edificios oficiales y la rehabilitación de la inmensa mayoría de las casas que componían los barrios bajos de la ciudad medieval, al tiempo que, tras el derribo de los
tramos de la muralla pegados al río, se abre a la luz del sur proyectando nuevas calles para dar forma a los espacios de solaz colectivo que adornan las orillas del Arlanzón. Por supuesto, el ejemplo se repetirá en numerosas villas de la provincia, en las que el modelo de caserío medieval, cercado y apretado, dará paso a las calles amplias y los barrios abiertos donde se alojarán los miembros de las burguesías locales emergentes.
Fuente: turismoburgos.org

miércoles 7 de mayo de 2008

-El siglo XIX Burgalés. I


El siglo XIX despierta en las tierras burgalesas con un sobresalto estruendoso: en 1807 acampan en la capital y en Espinosa de los Monteros sendos contingentes militares procedentes de Francia, con el pretexto de asegurarse el paso hacia Portugal, aunque con la intención clara de integrar todo el suelo peninsular en el Imperio de Napoleón. Burgos, como nudo de comunicaciones privilegiado hacia Portugal y hacia Madrid, y Espinosa, como base de operaciones para el dominio del norte cantábrico, se convierten en campamentos improvisados de las tropas francesas, que tuvieron que emplearse a fondo para sofocar los intentos de rebelión de las poblaciones locales, agobiadas por el peso de la presencia agresiva del ejército invasor.

Como sabemos, la lucha contra los ocupantes extranjeros, conocida como Guerra de la Independencia, se prolongará durante seis años (1808-1814), provocando a su paso un largo reguero de desgracias en todos los ámbitos de la vida española. Por lo que al escenario burgalés se refiere, las huellas del paso de los ejércitos napoleónicos quedaron bien grabadas en los numerosos monasterios y conventos allanados y saqueados, en las abundantes joyas artísticas y documentos históricos robados y trasladados a Francia y, en fin, en el sometimiento sistemático de la población burgalesa a requisas arbitrarias y abusivas, con el consiguiente empobrecimiento general de la misma. Basten un par de ejemplos para ilustrar estos fenómenos: en el apartado de los allanamientos, sabemos que los monjes de San Pedro de Cardeña fueron desalojados del cenobio por las tropas francesas, y el propio monasterio sometido a un saqueo brutal, de cuyos efectos no se libraron los restos del Cid y su esposa Jimena, salvajemente profanados por la soldadesca.
Y, en lo que a las destrucciones se refiere, esta contienda, con los enfrentamientos bélicos terminales que franceses e ingleses protagonizaron en los cerros del Castillo y San Miguel de la capital, puso punto y final al patrimonio arquitectónico de estilo románico que todavía sobrevivían en los templos de Santa María la Blanca, San Martín y San Román, situados en la cima y en la falda del Castillo. De manera indirecta, la Catedral y la iglesia de San Esteban también sufrieron en sus muros y ventanales los efectos nocivos de la artillería beligerante en los cerros vecinos.

Entre tanto desastre, la Guerra de la Independencia sirvió de banco de pruebas para la puesta en escena de una modalidad novedosa de táctica militar: la guerrilla, inaugurada en tierras burgalesas por los geniales Cura Merino y El Empecinado, y destinada a disfrutar de un rotundo éxito en toda la contemporaneidad.
Apenas se hubieron apagado los resquemores de la guerra contra los franceses, se acomete en España la transición efectiva del Antiguo Régimen, basado en el privilegio, al Liberalismo, con la declaración de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley como bandera programática. Por supuesto, el cambio no se produjo sin traumas, cuyos efectos más llamativos comienzan a dejarse notar al comienzo del reinado de Isabel I (1833-1868), con la supresión del diezmo eclesiástico y de todos los privilegios que afectaban a la nobleza, a las corporaciones profesionales --Concejo de la Mesta, Cabaña Real de Carreteros--, a determinados concejos y a las entidades eclesiásticas, y con los proyectos desamortizadores, que tuvieron, en los años 1836-37, una especial incidencia en el conjunto de las instituciones religiosas, de manera especial en las comunidades monásticas masculinas.
De repente, los monjes fueron expulsados de los monasterios; sus bienes, expropiados y desamortizados --puestos a la venta—, y los edificios cenobíticos, abandonados a su suerte, que en muchos casos no fue otra sino el abandono definitivo y la subsiguiente ruina, como bien podemos comprobar en San Pedro de Arlanza, Santa María de Obarenes o Santa María de Rioseco. Por su parte, las comunidades monásticas femeninas, la Sede Episcopal, con su obispo y cabildo, y las parroquias, con sus curas, se mantuvieron en pie, pero despojados del diezmo y de la inmensa mayoría de sus bienes y rentas, quedando a expensas de los beneficios de su trabajo, en unos casos, de las asignaciones estatales, en otros, y, en general, de las aportaciones voluntarias de los fieles.

domingo 4 de mayo de 2008

-La Edad Moderna Burgalesa.


El ciclo expansivo iniciado a mediados del siglo XV se quiebra en la década de los ochenta
del siglo XVI, dando paso a un periodo de atonía y recesión generalizada, con descenso de la
producción, retroceso demográfico y ralentización de los intercambios, en cuyo sector se dejaba notar la quiebra del mercado de la lana castellana con Flandes. La ciudad de Burgos pierde la mitad de su población, descenso también apreciable en Miranda de Ebro y Aranda de Duero, en este caso de manera más llamativa, dado el relativo buen tono de la economía de La Ribera gracias a la buena marcha del negocio del vino a lo largo de todo el siglo XVII.

De esta atrofia general, que se va a prolongar a lo largo de todo el siglo XVII y comienzos del XVIII, se libra también, en parte, la comarca de La Sierra, donde la boyante ganadería y la carretería compensan la caída de la producción agraria. Particularmente destacado, en el mismo ambiente de atonía general, es el contraste que ofrece la villa de Lerma a comienzos del siglo XVII, gracias al empuje urbanístico y constructivo del Duque de Lerma, auténtico artífice de la imagen más rutilante y esbelta de la villa a lo largo de su historia.

De acuerdo con estas pautas, la producción artística también se ve afectada por la crisis, cuyo síntoma más evidente es la disminución de la construcción de edificios, para refugiarse
selectivamente en la escultura y en la pintura. Salvo en casos aislados, más frecuentes en las zonas antes citadas de menor incidencia de la crisis, el barroco, estilo artístico dominante en la época, se refugia en el interior de los edificios, fundamentalmente religiosos, alumbrando un riquísimo patrimonio artístico, que se plasma en retablos, esculturas y pinturas de gran fuerza expresiva e impacto visual.

Andando el siglo XVIII, la tendencia vuelve a cambiar de signo, alumbrando un nuevo periodo de crecimiento, que traerá consigo novedades de significado histórico trascendental. En el ámbito de la ideología, La Ilustración, alentadora de una cultura de signo laicista y vocación rupturista respecto al pasado. En el ámbito de la economía, las primeras experiencias de empresas fabriles –en Burgos, Pradoluengo, Frías, Espinosa de los Monteros, Valdenoceda y Melgar de Fernamental--, de las que tan sólo las pañerías de Frías y de la capital, y, sobre todo, de Pradoluengo, consiguieron asentarse en el panorama económico provincial.

Con las ideas ilustradas llegaron el intervencionismo estatal en materia de enseñanza del arte y la implantación de unas consignas estéticas de corte academicista y desangelado, que tomaron forma con el Neoclasicismo. Estas formas aún inspiran algunas construcciones religiosas, entre las que destaca la iglesia monasterial de Santo Domingo de Silos, aunque su proyección se deja notar con mayor nitidez en buena parte de los edificios públicos levantados en la segunda mitad del siglo, entre los que destaca un buen número de Casas Consistoriales --Burgos, Sotillo de la Ribera, Miranda de Ebro…--, cárceles, alhóndigas, posadas, hospitales, hospicios, escuelas o teatros.
Fuente: turismoburgos.org

jueves 1 de mayo de 2008

-El siglo de oro burgalés.


A mediados del siglo XV, el semblante de los burgaleses cambia de nuevo, esta vez para bien. Se roturan nuevos campos, se amplía la cabaña ganadera, se organizan mejor los campos de cultivo y las zonas de pasto, se intensifica selectivamente el cultivo de la vid, mejoran las comunicaciones, se anima el mercado, sector en el que la ciudad de Burgos va a situarse en vanguardia durante más de un siglo, y se multiplican las actuaciones encaminadas a enriquecer el territorio cultural con notabilísimas obras de arte.

En este campo, las obras maestras se multiplican por doquier, tanto en el ámbito de la arquitectura como en el de la escultura y la pintura. Los estilos se suceden con cierto dinamismo, pasando del Gótico flamenco del siglo XV y principios del XVI – agujas y Capilla del Condestable de la catedral de Burgos, claustro del monasterio de San Salvador de Oña, Santa María de Aranda de Duero-- al Renacimiento –escalera dorada y cimborio de la Catedral de Burgos, palacios de las calles burgalesas Fernán González y Calera, Puerta de los Romeros del Hospital del Rey--.


En todo este frenesí creativo, las instituciones eclesiásticas compiten en iniciativas y afán renovador con la nobleza, como venía siendo habitual, grupos a los que ahora se unen las oligarquías urbanas, sobre todo la burgalesa, inmensamente enriquecida con el negocio de la lana y generosamente dispuesta a participar en el mecenazgo del arte burgalés.

martes 29 de abril de 2008

-Paseo de La Isla.


El Paseo de la Isla está situado en la zona occidental que une la ciudad con el barrio de San Pedro de la Fuente. Entre los puentes de Matatos y de Castilla. Está considerado un verdadero jardín botánico. Consta de hasta casi un centenar de especies arbóreas distintas, la mayoría de ellas de procedencia exóticas. Se completa con algunas piezas monumentales repartidas por el paseo.

Originariamente este paseo se desarrollaba desde la plaza de Castilla hasta el Puente de Malatos. En la actualidad, bajo esta denominación se engloba el paseo que va desde el Arco de Santa María hasta la zona conocida como Fuentecillas. El nombre se debe a que, originariamente, este lugar se hallaba entre el curso del Arlanzón y otra corriente fluvial que regaba las huertas del cercano Barrio de San Pedro. En principio se denominó Paseo de Lavadores, pues aquí se encontraban situados, en el siglo XVIII, los famosos lavaderos de lana del rico comerciante e industrial burgalés Antonio Tomé, cuya casa aún se conserva en parte. Fue en el siglo XIX cuando se regularizó el paseo realizándose importantes plantaciones de árboles. En sus inmediaciones, se levantaron algunos importantes edificios pertenecientes a la burguesía de la ciudad, entre los que destacan la casa de los Liniers o la de los Muguiro, construidas a finales del siglo XIX en estilo historicista.

En el siglo XX, estos jardines recibieron importantes mejoras, como la construcción del monumento a Cervantes (1905) y la instalación de diversos elementos arquitectónicos de un enorme interés histórico, como el arco románico de Cerezo de Río Tirón, los arcos renacentistas donados por los condes de Castilfalé o la fuente barroca del monasterio de San Pedro de Arlanza. Estos restos convierten a esta zona en un auténtico parque arqueológico. Junto a ellos aparecen nuevas fuentes y una enorme variedad de árboles y especies vegetales, como castaños, arces, plátanos, hayas, chopos, secuoyas, cedros, cipreses, acebos... perfectamente identificadas a través de cartelas, que permiten la realización de visitas didácticas.

sábado 26 de abril de 2008

-La Edad Media en Burgos.


El mundo de grandeza y suntuosidad de la etapa romana comienza a dar síntomas de debilidad en el siglo IV. Primero en las ciudades, como fue el caso de Clunia, y, más tarde, en el mundo rural, donde la vida de las grandes mansiones se apaga en las primeras décadas del siglo V. En el 476, los romanos dan paso a los visigodos, que gobiernan todo el territorio hispano hasta el 711, aunque fueron incapaces de evitar la decadencia general. De su paso por nuestra tierra quedan algunos testimonios materiales de desigual valor: ruinas de fortificaciones –Tedeja, en Trespaderne--; cimientos de iglesias –Santa María de Mijangos--; y, por encima de todos, la cabecera de la iglesia de Santa María de Quintanilla de las Viñas, ejemplar excelso del arte en las postrimerías del reino visigodo.

El panorama no mejora con los musulmanes, que dominaron estas tierras durante menos de 30 años, del 714 al 742. A partir de este momento se atrincheraron al sur del Sistema Central, mientras los reyes astures, afincados en la franja costera y la cara norte del sistema cantábrico, renunciaban, de momento, a la conquista de las tierras llanas del Duero y de los valles sureños del Sistema Cantábrico, tierras que quedaron abandonadas a su suerte, que no fue otra sino la desolación general.
Con este panorama, cuando, a comienzos del siglo IX, se detectan en el norte burgalés los primeros movimientos encaminados a recuperar el poblamiento estable y el cultivo agrícola sostenido al sur de las montañas cantábricas, la sensación dominante era de que había que empezar prácticamente de cero. Y así se hizo. Apenas cumplido el año 800, bajo la tutela de los jefes guerreros del interior de las montañas, comienza a reorganizarse el territorio de los valles del norte de la actual provincia de Burgos, territorio que pronto va a tomar el nombre bien expresivo de Castilla, del latín Castella (=los castillos).

En el año 860, la frontera había descendido hasta la balconada de Amaya y las crestas de los Obarenes, desde donde se planifica la ocupación de los llanos que se rendían a sus pies. En pocas décadas, y avanzando valle a valle, los condes castellanos, siempre vinculados a los monarcas astures y generalmente en buena sintonía con ellos, alcanzan la línea del Duero en el 912, haciéndose fuertes en Clunia, Peñaranda de Duero, Roa y Aza. Por supuesto, en este avance, cada valle quedaba guarnecido por la correspondiente hilera de fortificaciones, que protegían la retaguardia agrícola y ganadera instalada en las aldeas que se iban conformando al hilo del avance conquistador.
Como contratiempo inesperado, la llegada de los cristianos al Duero despertó la inquietud en los gobernantes islámicos de Córdoba, que, con el califa Abderramán III y el eminente guerrero Almanzor al frente, hostigaron sin descanso, a lo largo de todo el siglo X, la línea del Duero. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XI, y tras la muerte de Almanzor, el ímpetu guerrero de los ejércitos cordobeses se diluye y los cristianos cruzarán enseguida el río para lanzarse a la conquista de los llanos meseteños del sur del Duero, proceso que culmina en el año 1085 con la conquista de Toledo y el traslado definitivo de la frontera cristiano-musulmana al sur del Tajo.


Alejado el peligro musulmán, el territorio burgalés inicia un despegue espectacular en todos los ámbitos de la actividad humana: económico, demográfico, social, cultural, político y religioso, que bien puede personificarse en las exitosas andanzas del Cid Campeador por tierras de Castilla, Zaragoza y Levante en la segunda mitad del siglo XI. Este siglo, al que se unirán en la misma secuencia el XII y el XIII, será el primer testigo de este desarrollo, que comienza con la expansión de los cultivos y de la ganadería, continúa con el aumento de la población, se asienta en el establecimiento de unas relaciones sociales entre señores y campesinos relativamente estimulantes de la producción, se refuerza con la importación de fórmulas de vida religiosa ciertamente renovadoras –el monacato benedictino--, culmina en la elevación de Castilla a la categoría de reino (1037) y se expresa en unos movimientos culturales y artísticos de grandes vuelos, como lo fueron el románico en los siglos XI y XII –monasterios de San Salvador de Oña, San Pedro de Arlanza, San Pedro de Cardeña, Santo Domingo de Silos--, el cisterciense (finales del XI y comienzos del XIII – monasterios de Las Huelgas de Burgos, Santa María de Bujedo de Juarros--) y el gótico (siglo XIII Catedral de Burgos, Santa María de Sasamón, Santa María de Grijalba--).

Al hilo de este crecimiento, el poblamiento se consolida, dejando ver en el paisaje algunos núcleos especialmente desarrollados, entre los que destaca desde el principio la ciudad de Burgos, seguida por otros núcleos, como Belorado, Miranda de Ebro, Frías, Medina de Pomar, Lerma, Aranda de Duero o Santa Gadea del Cid, que contarán con el apoyo de la Corona para afirmarse como cabeceras económicas del ámbito rural circundante. Por su parte, el Camino de Santiago contribuye a la dinamización económica y cultural del territorio burgalés, dando vida propia a poblaciones como la citada Belorado, Villafranca Montes de Oca o Castrojeriz.

Al mismo tiempo, la política de recuperación de la identidad territorial de la Castilla condal tras la batalla de Atapuerca (1054), la constitución de la sede episcopal burgalesa (1075) y la reordenación posterior de la diócesis son fenómenos que convergen en la articulación interna del territorio burgalés y en su reconocimiento como núcleo central y espina medular de ambas entidades, tanto del reino como de la diócesis.
El siglo XIV es un tiempo de crisis, de ruptura de todos los parámetros de crecimiento antes citados. El hambre, la guerra y la enfermedad se ceban con los europeos occidentales, y las tierras burgalesas no son una excepción. La vida se ralentiza y la cultura se encoge.
Fuente: turismoburgos.org

jueves 24 de abril de 2008

-Parque de Fuentes Blancas.


Puede presumir Burgos de contar con una gran cantidad de jardines y paseos alrededor de un protagonista indiscutible y omnipresente en la geografía urbana: el río Arlanzón, eje diferenciador de la villa, cuyas riberas se han recuperado para solaz del paseante.
El mayor y más valioso espacio es el parque de Fuentes Blancas.

El Parque de Fuentes Blancas aparece ya nombrado en algunos documentos del año 1878, en los que se menciona con el nombre de “Fuentes Blancas” a unos “terrenos del común” situados más allá de la Cartuja. En la época bajomedieval, toda la zona del parque, junto con los alrededores de la Cartuja, constituyeron el coto real de caza de Enrique III.

A partir de 1934, el hecho de que esta zona de Fuentes Blancas comenzara a ser muy frecuentada, llevó al Ayuntamiento a plantear la repoblación de los márgenes del río Arlanzón y de las laderas próximas y a acondicionar dichos terrenos para el disfrute de los ciudadanos.

Tras la Guerra Civil, se reanudaron las tareas de repoblación, colocándose pinos en la zona alta y chopos y nogales en la baja. Ya en 1958 se decidió ubicar el camping en este lugar, con el fin de que los visitantes disfrutaran de su enorme riqueza natural. Posteriormente, se comenzaron a instalar juegos infantiles, parrillas, mesas y bancos, que se van renovando con el tiempo. Casi en el centro del parque se encuentra la capilla con la imagen de la Virgen de Nuestra Señora de los Álamos.

En 1980 se inauguró el primer circuito para la realización de ejercicios físicos al aire libre,
cuyos elementos se van modernizando con el paso del tiempo. Asimismo, hay que hacer referencia a la existencia de un carril bici y un circuito de bicicross, inaugurado en 1988. En 1985, en el enclave conocido como Fuente del Prior, se inauguró la playa artificial del río Arlanzón. La Senda de la Naturaleza de Fuentes Blancas permite descubrir la riqueza y diversidad de ecosistemas naturales que se dan cita en nuestra provincia y los problemas ambientales a los que se enfrentan, con el fin de suscitar en todos los visitantes el respeto y compromiso para la conservación y adecuada gestión de estos recursos. El atractivo de este lugar se incrementa por la proximidad al casco urbano, los fáciles accesos al mismo y la abundancia de espacios de uso múltiple.

lunes 21 de abril de 2008

-Paseo de La Quinta.


El Paseo de la Quinta está situado en el margen izquierdo del Arlanzón, en el camino de la Cartuja de Miraflores. Se encuentra entre el área natural de Las Veguillas, los Viveros Municipales y el Parque de Fuentes Blancas, una de las zonas arboladas más importantes y próxima a los extensos pinares de la Cartuja. Es una superficie boscosa, deliciosa para los paseantes, e inspiradora para los artistas.

El Paseo de la Quinta recibe el nombre de una antigua propiedad de los prelados burgaleses, conocida como la Quinta del Arzobispo. Fue en el siglo XIX cuando se convirtió en un paseo urbano, que unía el Convento de San José y Santa Ana de las Carmelitas, fundado por Santa Teresa en 1582, con el camino a la Cartuja de Miraflores. En esos años se regularizó su trazado y se plantaron numerosos árboles, que convirtieron este espacio en uno de los lugares predilectos de recreo para los burgaleses.

Grandes chopos y frondosos castaños de indias eran los árboles dominantes, y aún lo siguen siendo en buena parte del trayecto hasta la Fuente del Prior y Fuentes Blancas. Pero la vejez de la mayoría de los ejemplares y el mal estado de salud de algunos de ellos, empujó al ayuntamiento a acometer una intensa remodelación en el primer tramo del paseo, en los últimos años del siglo XX. El tramo del nuevo paseo se proyectó a caballo entre el parque urbano y la naturalidad de un espacio silvestre, intentando recrear los distintos ecosistemas vegetales existentes en la provincia de Burgos. De esta forma el terreno aparece ondulado, con montículos y grandes piedras que aportan variedad y espontaneidad al conjunto.

Aquí tienen su propio espacio especies arbóreas mediterráneas, como la encina o la sabina, rodeadas de su cohorte de plantas aromáticas, y especies características de los bosques mixtos caducifolios propios de la Iberia húmeda existentes en el norte de la provincia, como robles, hayas, tejos, brezos, etc. También los pinos, sauces y olmos están representados. Pequeñas sendas de tierra entre la variada masa forestal permiten realizar paseos íntimos, cargados de olores, colores y sensaciones. Todas las estaciones del año tienen su encanto en este paseo, debido a la diversidad de ritmos vitales que presenta la variadísima vegetación que lo compone.

sábado 19 de abril de 2008

-Iglesia de Santa María La Real y Antigua de Gamonal.


Según cuentan antiguas crónicas, su origen se remonta a la misteriosa aparición de una imagen de Nuestra Señora en este lugar, pero se desconoce el momento en que ocurrió.

Las primeras noticias históricas arrancan del siglo XI, cuando el rey Alfonso VI decide el traslado en el año 1074, de la sede del obispado desde Oca. En ese período recibió mercedes tanto de reyes como de las máximas autoridades eclesiásticas de Burgos, aunque pronto la sede de la diócesis se trasladó a la ciudad de Burgos.

De aquellos primeros tiempos no queda más que un capitel románico hallado recientemente en el relleno de las bóvedas del templo actual.
En todo caso, su emplazamiento (en un cruce de caminos y paso obligado de los peregrinos a Compostela) hace que muy pronto surjan construcciones a su alrededor, como un hospital, donde se curaba a los caminantes enfermos que acudían a venerar a santa María la Real. Y para atender mejor a los romeros surge, a fines del siglo XIII, la cofradía de Nuestra Señora de Gamonal.

La iglesia, en su configuración actual, data de comienzos del siglo XIV. Se trata de un edificio de carácter macizo. A sus pies se levanta una poderosa torre flanqueada por estribos. Como antesala del templo aparece un amplio pórtico que custodia una interesante portada gótica. El interior consta de una nave, de cinco tramos, rematada con testero plano, y crucero. Está cubierta con bóvedas de crucería simple con ligadura longitudinal, siguiendo el modelo derivado de la catedral. Las claves, ménsulas y capiteles se adornan con bellísimos florones alusivos a la Virgen y cuya excelenteejecución recuerda a los maestros de la catedral. Sus constructores debieron de ser artífices formados en los talleres de la catedral durante el siglo XIV.

En el interior, destaca un Calvario, de finales del siglo XIII o comienzos del XIV, un bello grupo de la Anunciación, de finales del siglo XIII, y la talla dela Virgen con el Niño, titular de la iglesia, labrada en estas mismas fechas.
Frente al pórtico de la iglesia se alza un crucero, de finales del siglo XV, en el que encontramos iconografía jacobea.

jueves 17 de abril de 2008

-Antiguas aldeas y monasterios cerca de Ibeas de Juarros.

Según consta por la documentación de la Edad Media, en las inmediaciones de Ibeas surgieron varias aldeas y monasterios que llegaron a tener su propio término y jurisdicción.
Así:
• Hacia Arlanzón y antes de llegar a Villalbura se cita el Monasterio de San Mamés (1039).

• Hacia Cuzcurrita son varios: En primer lugar el Monasterio de San Cristóbal de Ibeas (1107), y, a su lado, la aldea de San Andrés de Ibeas, y, desde 1151, la villa de San Millán de Juarros.

• Hacia Castrillo del Val y Villabáscones (San Medel), siguiendo el río, surgen los hoy despoblados Villasendino o Santa Coloma, Castrillo de la Vega, situado a la derecha del río Arlanzón a unos 200 metros del Puente de los Desterrados, y Hospital Yermo, muy cerca del anterior junto al Camino llamado del Seco que iba de Ibeas al Puente de los Desterrados. Un pueblo cuyo nombre responde efectivamente a la presencia allí de un hospital para peregrinos, y donde en el siglo XV se celebraban las reuniones entre los vecinos de Juarros y los concejos de Castrillo del Val y Quintanilla de Valdeorbaneja.

Mucho más que hoy, Ibeas fue en la Edad Media una gran encrucijada de caminos.
Por su término pasaban entonces tres Caminos Reales: el Camino Viejo real, el Camino Real francés y el Camino Real de la lana que por los Juarros unía la sierra burgalesa-soriana con Briviesca y, desde allí, con el Norte peninsular.

miércoles 16 de abril de 2008

-Ibeas de Juarros.


Los primeros documentos escritos que dan cuenta de su existencia se remontan al siglo x; a la época en la que se estaba formando Castilla, la primitiva y vieja Castilla. El más antiguo conocido es del año 921. Ese año, por el Becerro Gótico de Cardeña, consta la donación que hace el conde Gonzalo, hijo del fundador de Burgos Diego Porcelos, al Monasterio de Cardeña de unos molinos que poseía entre Villalbura y Castrillo del Val, exactamente, se dice, "en aguas de Ebeia". Ese mismo año, por otro documento, el Monasterio de Cardeña compraba al matrimonio Velasco y Vila una tierra que poseían "en la villa que llaman Ebeia, junto a nuestros molinos", por el valor de 10 sueldos de plata.

El siguiente documento es del año 970. El abad de un pequeño monasterio fundado en San Adrián de Juarros compra ciertos derechos sobre un molino que se conoce como Fuente Navarra, situado en el río de Ibeas, en términos de Cuzcurrita". A partir del año mil, ya en el siglo XI, se van haciendo más frecuentes las menciones de Ibeas, casi siempre tratándose de operaciones de compraventa o donaciones de tierras y de derechos sobre molinos construidos junto al cauce del río Arlanzón.

El lugar se denomina EBEIA. Ebeia, según los especialistas, es una voz de origen vasco, euskérico, derivada del vocablo IBAI-A que significa lugar junto al río o simplemente Vega. Eso sería etimológicamente Ibeas, un lugar junto al río. Más tarde - aparece por vez primera en 1032- se le añadiría el nombre común de Juarros, también derivado del vasco Zubarro o Zugarro que significa olmo.
Los orígenes de Ibeas hay que ponerlos, sin duda, en relación con el proceso de conquista y repoblación protagonizados por los cristianos del Norte, que, arrancando de Covadonga allá por el año 720, se expanden en lucha contra los árabes hasta llegar a estas tierras. Eso debió ocurrir entre los años 800 y 900. Es entonces cuando toda esta comarca del Alto Arlanzón se va llenando de asentamientos humanos estables y duraderos.
Es probable que antes hubiera habido grupos humanos más o menos inestables. No lejos de aquí, por Brieva, parece que pasaba una calzada romana que unía Lara con Briviesca, y más tarde, con los visigodos, algunos restos en la ermita de la Virgen del Cerro, junto a Cueva de Juarros, tal vez permitan pensar en un cierto grado de poblamiento anterior.

El asentamiento de Ibeas, con sus casas, corrales y huertos en torno a una pequeña iglesia, debió surgir en los primeros momentos, todavía en el siglo IX. Bien protegido frente a posibles ataques árabes por las fortalezas de Arlanzón, de Burgos y de Santa Cruz de Juarros, contaba con todo lo necesario para vivir con dignidad: buenas y abundantes aguas, al abrigo de los vientos y con productos variados que iban desde los cereales panificables como el trigo, la cebada o el centeno, al lino, para fabricar vestidos, o los productos de huerta y la ganadería, la caza o la pesca.

Ibeas vivió su primer milenio en el ambiente y en la norma castellana; supo además Ibeas mantenerse en el realengo y librarse de los señoríos particulares, incluso los eclesiales. Administrativamente Ibeas fue incluida en el alfoz de Santa Cruz de Juarros; en 1591 aparece en el partido de Juarros y la Mata, y por lo tanto en la merindad de Castrojeriz, donde Ibeas figura con el nombre de Aueas en el Libro famoso de las Behetrías en 1350. En él se dice que Ibeas estaba casi despoblada, pues sólo estaban habitados tres solares. Sólo contribuían al rey con monedas y servicios. En 1843 contaba Ibeas con 136 habitantes; escuela; tres molinos y dos fábricas de papel (de estraza y común). Ya en 1950 habitaban en Ibeas 445 personas.

domingo 13 de abril de 2008

-Briviesca

En el corazón de la comarca de La Bureba se encuentra Briviesca. Localizada a orillas del río Oca, ocupa el centro del corredor natural que desde el Alto de la Brújula se prolonga hasta el esfiladero de Pancorbo. Su situación privilegiada ayuda a explicar la antigüedad del poblamiento.

El nombre de Briviesca parece ser de origen protoindoeuropeo y significa “cabeza ó capital de región”. Su existencia como núcleo importante está ya documentada a comienzos de la era cristiana. Está fuera de toda duda que existió una “mansio” fortificada y organizada al estilo campamental en el llano y que doña Blanca de Portugal, al tornar en el siglo XIV la villa a su antiguo emplazamiento, no hizo sino seguir en el llano la pauta de la traza romana; no pertenece por tanto a un trazado posterior la geométrica distribución actual de calles y plazas. Antes bien, la Briviesca actual es urbanísticamente el eco del campamento romano que rodeó la “mansio”, aún conservando el reducto inexpugnable y elevado en el monte llamado de San Juan al que daba acceso el destruido Puente Palomar.



Nacida como capital del pueblo prerromano de los autrigones, la Virovesca romana, en la que confluían dos importantes calzadas, sigue siendo hoy en día un núcleo en expansión que refuerza su proyección comarcal. Su actual emplazamiento data de finales del siglo XIII o comienzos del XIV. Durante la época romana y visigoda se encontraba en colinas cercanas, buscando una mejor defensa.


Cuando la población se trasladó desde los cerros contiguos, se dispuso a lo largo de cuatro grandes ejes longitudinales y de otros cuatro perpendiculares a éstos, dejando en el centro una amplia plaza. Este trazado llama la atención, ya que lo habitual en las ciudades de la Castilla medieval fueron las estructuras urbanas irregulares. Por la originalidad de su trama urbana, Briviesca fue, durante siglos, conocida como “la bien trazada”. Su singular y armónico trazado sigue siendo hoy elogiado por su claridad y racionalidad en manuales de arquitectura y geografía urbana.




Las fuentes documentales visigodas otorgan a Virovesca el título de ciudad (la “Veroviscentium civitatis” que aparece en la leyenda de la actual bandera de la ciudad). Con la invasión musulmana se produjo el desmoronamiento final del reino visigodo y con ello las últimas referencias a Virovesca, como núcleo urbano, datando del 714 su capitulación ante Muza, quien lo convierte en un bastión más del “limes interior” que los bereberes instauraron para controlar los pasos difíciles que comunican La Rioja con la Bureba.





En el siglo X, Briviesca era cabecera de alfoz. Por ella discurrió un ramal del Camino de Santiago. En la composición medieval de la villa de Briviesca destaca la comunidad hebrea por su importancia económica y posiblemente demográfica, al constituirse en una de las más importantes aljamas burgalesas. La presencia de judíos en Briviesca puede relacionarse con momentos altomedievales centrados a partir del s.XI, cuando el movimiento migratorio fue más intenso en relación con el Camino de Santiago y las rutas comerciales.




La primera fecha que se conoce con seguridad en la historia briviescana es la del 26 de diciembre de 1123, día en el que Alfonso VII otorgó a la villa su primer fuero. Dicho documento ofrecía una serie de privilegios y exenciones que aseguraban su autonomía y buscaban incentivar el asentamiento en la misma.
Pocos son los datos que tenemos del siglo XIII. El siglo XIV se inaugura con la venta de la villa a doña Isabel de Portugal, nieta de Alfonso X el Sabio. Tal vez se deba a ella el traslado de Briviesca a su emplazamiento actual. Ella es quien concedió a la villa y a su término el famoso Fuero de 1313, el más extenso de los fueros de Castilla tras el Fuero Real. Doña Blanca indica en su testamento su deseo de que“Briviesca no sea nunca de otro señor sino del Rey”. Pese a ello, Enrique II, el de las mercedes, la entregó, en 1366, a la poderosa familia de los Velasco, que fueron sus señores hasta que en el siglo XIX quedaron abolidos los señoríos.




Pedro Fernández de Velasco, nacido en 1415 y muerto en 1492, fue el miembro más destacado de esta familia. De su matrimonio con Mencía de Mendoza nació Mencía de Velasco y Mendoza, que fundó el Monasterio de Santa Clara de Briviesca con expreso deseo de ser enterrada en él.


La celebración en Briviesca, en otoño de 1387, de las Cortes Generales de Castilla y León, convocadas por el rey Juan I, constituye un momento culminante en la historia de la villa. Juan I quiso emprender un camino de reformas que fortaleciera y desarrollara su reinado, como harían
posteriormente los Reyes Católicos.


A lo largo de la Edad Moderna, la localidad fue lugar de asentamiento de importantes familias nobles. De entre ellas destaca la de los Soto y Guzmán, algunos de cuyos miembros alcanzaron notables cargos en Madrid y en las Indias, desarrollando una gran actividad de mecenazgo artístico en la población.


La visita a Briviesca puede empezar en la Plaza Mayor. A ella se asoma el Palacio de Soto
Guzmán, del siglo XVII, hoy Ayuntamiento, y la Iglesia de San Martín, que tiene un magnífico retablo barroco. Al inicio de la calle Medina, uno de los grandes ejes de la Briviesca histórica, se encuentra la Casa de Martínez España, recientemente convertida en sede de una entidad bancaria. Preside la fachada un balcón sostenido por angelotes en los ángulos y una figura mitológica al gusto rococó, que se apoya, a su vez, en otras figuras más pequeñas. La decoración se completa con escudos de los Martínez España y de los Ordoño Rosales.


Avanzando un poco, se puede contemplar, al otro lado de la misma calle, el Palacio de los Torre, contemporáneo del edificio consistorial, presidido por un magnífico escudo y rematado con una torre rectangular, en la que se abren dos pequeños vanos. Se cubre con un gran alero, sostenido por trabajados modillones.


En la calle Marqués de Torresoto se emplaza la Casa de Cultura y, muy próxima a ella, el Conjunto Monumental de Santa Clara, la principal aportación de Briviesca al arte del Renacimiento.
Muy cerca se encuentra la iglesia-colegiata de Santa María, el más espacioso de los templos briviescanos. A la salida de esta iglesia, en la esquina de las calles Santa María Encimera y Juan Cantón Salazar, se encuentra la Casa de los Salamanca, edificio del siglo XVI, reconstruido en su mayor parte a comienzos del siglo XX en estilo modernista. En el cubo de piedra que refuerza suesquina puede verse el escudo de esta familia.
Junto a la Briviesca artística y señorial hay una Briviesca que ha recuperado y ampliado, en los últimos años, su espacio verde. Destaca el renovado Paseo de la Taconera, o el joven y extenso Parque de la Florida, inaugurado por el Príncipe de Asturias en 1988.



El Paseo del Oca es una senda urbanizada que acompaña al río, a lo largo de un kilómetro, hasta el Puente y Paseo del Epitafio. Si se quiere disfrutar de una visión panorámica de la ciudad, se puede subir al mirador del Monte de los Pinos. También es agradable acercarse a La Vega para conocer el Parque de la Magdalena. En el entorno de la ciudad hay también múltiples paseos para elegir.


jueves 10 de abril de 2008

-La edad antigua en Burgos.


La conquista del territorio burgalés por parte de Roma se llevó a cabo de manera lenta,
durante los casi dos siglos que van del 195 al 19 a. C. Poco a poco, los pueblos prerromanos
hispanos fueron asimilados al modelo romano de organización política y territorial, y sus ciudades, convertidas en cabeceras de los distritos territoriales que componían el mosaico provincial del Imperio. De todas las que conocemos de la época del Hierro, Roa debió ser la que quedó peor parada en el proceso de conquista, mientras que Clunia, capital de un gran distrito jurísdiccional o Convento Jurídico, y Sasamón, sede del campamento militar que sirvió de base para las guerras contra los cántabros, alcanzarán con los romanos su cénit histórico.


Bajo la dominación romana, la provincia de Burgos asimiló en todos sus términos las pautas
políticas, económicas y culturales de los conquistadores: la organización municipal y la ampliación de la red urbana, el derecho, la moneda, el desarrollo agrícola y artesanal, la lengua latina, los sistemas constructivos, las obras públicas --con los foros, teatros y termas, sistemas de abastecimiento de agua y vías interurbanas en primer plano--, los cánones artísticos, la religión; en fin, todo lo que genéricamente podemos englobar dentro de la expresión cultura clásica, de cuya savia se nutrieron los habitantes del territorio burgalés una vez fueron plenamente romanizados.

Testimonios de aquel esplendor se conservan todavía, a la vista o soterradas, en los que fueran solares de las más importantes ciudades romanas –Clunia, en primer lugar, Sasamón, Villavieja de Muñó, Lara de los Infantes, Tardajos, Poza de la Sal, Roa, Briviesca, Monasterio de Rodilla o Cerezo de Riotirón; en los restos de la vías que surcaban el escenario burgalés –la Vía Aquitana, sobre todo--; y en las espectaculares villas o mansiones rurales que levantan los grandes terratenientes hispanorromanos en las cabeceras de sus latifundios, entre las que destacan las de Baños de Valdearados, Milagros, Valdeande, Cardeñajimeno, Belbimbre, Lerma, Covarrubias, Santibáñez del Val, San Martín de Losa o Salinas de Rosío, en cuyos suelos puede apreciarse un rico muestrario de mosaicos polícromos de gran vistosidad.


Fuente: Turismoburgos.org