domingo, 18 de marzo de 2012

-50 años de Atapuerca.

Se cumple medio siglo del descubrimiento en la Trinchera del Ferrocarril de los primeros fósiles humanos en uno de los yacimientos más importantes del mundo.

  Visita a Atapuerca realizada con Basilio Osaba el 15 de abril de 1963. (Foto: Ical)

Junio de 1968. El espeleólogo burgalés José Luis Ulibarri escribe una carta a su colega Francisco Jordá. Es breve, precisa. Le indica que "unos 700 metros antes de la localidad de Ibeas de Juarros (Burgos) y a 200 metros a la izquierda de la carretera, en unas tierras labradas, ha encontrado numerosos sílex, la mayoría de buen tamaño. Muy pocos trabajados. De gran importancia. Similares a los primeros que aparecieron en 1962, pero de apariencia más antiguos”.

Atapuerca está de enhorabuena. Se cumplen 50 años del comienzo de un sueño. Del inicio de una aventura emprendida por el destinatario y el autor de la anterior misiva en una época en la que poco o nada se conocía sobre la Evolución Humana, la Paleontología y la Arqueología en una España que intentaba superar los ecos de la posguerra para abrirse al exterior. Los primeros científicos que llegaron al que hoy es uno de los yacimientos más importantes de toda Europa, lo hicieron sin medios, por casualidad y sin la ayuda económica de ninguna administración.
Todo comenzó en el otoño de 1962. Sin constancia del día exacto, los miembros más veteranos del grupo de espeleología burgalés Edelweiss lo sitúan en octubre. Fue el propio José Luis Uribarri, miembro del grupo, quien en una de las cavidades situadas en el trazado de la Trinchera del Ferrocarril localizó diversos huesos fosilizados, lo que le permitió evidenciar la gran antigüedad de aquel yacimiento inabarcable al que bautizaron como Trinchera, sin diferenciar como hoy entre los yacimientos de Galería y Gran Dolina.

Ana Isabel Ortega y Miguel Ángel Martín, miembros de Edelweiss y conocedores de aquella historia que después marcó sus vidas, hacen memoria desde el despacho que Ortega ocupa en la actualidad en el Centro Nacional de la Evolución Humana, anexo al Museo de la Evolución Humana. “Fueron los veteranos del grupo los que iniciaron el trabajo de campo en unas condiciones de extrema dureza, en las que prácticamente no había nada para picar aquella gigante pared en la que al parecer había restos humanos”, explica Ical Ortega.
Pese a que el descubrimiento tiene lugar en 1962 no es hasta abril del año siguiente cuando se produce la visita oficial al yacimiento. “Fueron muchas personas, se hicieron todos la foto y fue el momento en el que se dieron cuenta de lo viejo que tenía que ser aquello, relata Martín, quien escuchó en su momento contar esta historia a quienes la vivieron en primera persona, ya fallecidos. Es en este momento cuando comienzan a aparecer nuevas piezas que hacen que muchos arqueólogos y paleontólogos fijen su mirada en la sierra burgalesa. “Apareció el primer bifaz del que hay constancia y se dató en el Paleolítico Inferior”.

Por aquel momento, el Museo de Burgos era el único espacio dedicado a la Historia Antigua de una pequeña ciudad de provincias que se abría a vecinos de los pueblos limítrofes que llegaban a trabajar a las industrias que se iban instalando en los polígonos de las afueras. Basilio Osaba era el director por aquel entonces del Museo de Burgos y no dudó en ponerse en contacto con el mejor especialista del Paleolítico que había en aquel momento, Francisco Jordá, quien trabajaba en la Universidad de Salamanca.
Es el propio Jordá quien se pone en contacto con el director del Museo Paleontológico de Sabadell por aquel entonces, Miquel Crusafont, e inicia en el verano de 1964 la primera campaña de excavaciones. Poco o nada tuvo que ver aquella campaña con las que se realizan en la actualidad. Sin andamios ni útiles para hincar el diente a la pared de la Trinchera, sí que se hicieron otros importantes trabajos de campo como un croquis a mano del yacimiento de Gran Dolina, obra de Llopis Lladó que permitió conocer el entresijo de la cavidad en la que años después aparecerían los restos de la especie Homo Antecessor. “Era poca gente pero se hizo mucho”, destaca Martín, quien agrega que en estas primeras campañas se desplazaron personas de todo el norte del país entusiasmados con el yacimiento.


La ausencia de una ley estatal que velase por el patrimonio y la carencia de una administración centralizada en la que no existían gobiernos autonómicos, y mucho menos ayudas por parte de éstos, hizo que los primeros años de Atapuerca fuesen caóticos y algo confusos. El eco de las noticias que llegaban desde los medios de comunicación, que ya por aquel entonces hablaban de Atapuerca como “el yacimiento prehistórico más importante del país”, llevó a paleontólogos de todo el país a intentar rascar algo en la sierra de Atapuerca. “No se ha contabilizado todo lo que pudieron llevarse, pero fue mucho”, sentencia Martín, quien explica que muchos de los grupos de trabajo de la época eran “obreros” que pasaban horas y horas picando hasta encontrar fósiles que llevarse.
Uno de los museos al que fueron a parar los restos de Atapuerca fue el de Sabadell. El equipo encabezado por Crusafont se llevó muchas de las piezas que encontró en la campaña de excavaciones a su museo y, ante la ausencia de reclamación alguna, exhibió durante años los restos en una vitrina en la que podía leerse “restos del Paleolítico Inferior del yacimiento de Trinchera. Atapuerca, Burgos”.
Alarmados por la presencia de intrusos, el Boletín Oficial de la Provincia de Burgos publica el 24 de octubre de 1968 una norma en la que se indica que "queda absolutamente prohibida la entrada a las cuevas que poseen interés artístico o yacimientos prehistóricos a toda persona que no vaya debidamente provista de un permiso especial que otorgará el Servicio Espeleológico Provincial". Sin embargo, no sería hasta la promulgación de la Ley de Patrimonio en 1985 cuando todos estos incidentes quedasen resueltos por completo y ningún particular pudiese salir del yacimiento con restos en sus manos o furgonetas.
  Ana Isabel Ortega y Miguel Ángel Martín, pioneros de Atapuerca. (Foto: Ricardo Ordóñez)

La primera exposición que oficialmente exhibió el material más importante hallado en las cavidades de la sierra burgalesa tuvo lugar en 1968 en el Museo de Burgos, ubicado en la calle Calera. En junio de ese año, el grupo Edelweiss recibe los primeros restos paleontológicos estudiados por el profesor Villalta, datados en unos 500.000 años, que sirven de excusa para atraer la atención hacia el recién remodelado museo provincial de la capital.
La exposición coincide en el tiempo con el descubrimiento de otro gran hito del arte prehistórico: Ojo Guareña. La mayor parte de los estudiosos que participaban en Atapuerca se dieron cuenta de lo fácil que resultaba encontrar restos en Ojo Guareña y las horas que había que emplear en Atapuerca y deciden abandonar temporalmente el proyecto burgalés. Se inicia un parón de años, recuperado por Trinidad Torres. ‘Trino’, como le conocían sus amigos, inicia sus trabajos en la Sima de los Huesos en 1975.
“Queda muy sorprendido al entrar en la gran cueva de los osos”, relata Martín, quien describe aquel espacio como una gran cavidad con restos de osos de todos los tiempos. En una de las campañas de Trinidad Torres aparecen junto a los restos de osos los primeros fósiles humanos que Trino muestra a su director de tesis, Emiliano Aguirre. “Eran dos trozos de mandíbula sin mentón que casaban perfectamente y de los que se supo nada más verlos que eran del Pleistoceno Medio”.

El antes y después de Atapuerca lo marcó Emiliano Aguirre, considerado como el padre de Atapuerca, pese al camino emprendido antes por muchas otras personas. “Emiliano decidió montar su propio equipo, excavar la roca de arriba abajo y pasó años enteros preparando el yacimiento para que luego se fuera descubriendo lo que después se descubrió”, agrega Ortega, quien recuerda con gran cariño su primera campaña en 1983 en la que conoció a “José Mari, Eudald y Juan Luis”; quienes con el paso de los años se convertirían en codirectores y el rostro vivo de Atapuerca.
Ana Isabel Ortega recuerda perfectamente cómo fue su primera incursión en Atapuerca. Fue un profesor de su Facultad quien le permitió participar en la campaña aunque le advirtió que “la mayoría de los integrantes eran vascos y que se iba a pasar el verano lavando en el río”. No le importó. Meses después y tras ese primer contacto, acudió al despacho del profesor Emiliano Aguirre para pedirle participar en su equipo. “Vente mañana mismo, me dijo. Al día siguiente me cogí el autobús y me presenté en Ibeas de Juarros con mi mochila”, recuerda con emoción.

El equipo de Emiliano Aguirre lo formaban jóvenes entusiastas con estudios en Paleontología y Arqueología que sentían auténtica pasión por el yacimiento y lo que en él pudiesen hallar. La mayor parte de los que formaron ese equipo ocupan hoy puestos de importancia en el CENIEH y en el MEH donde pueden leerse en las placas de los despachos científicos el nombre de los alumnos del profesor Aguirre. Eran las mismas personas que dormían en una pequeña casa cedida por el Ayuntamiento de Ibeas de Juarros y que hipotecaban los veranos en la playa con sus amigotes para ir a limpiar piezas al río y pasar horas y horas excavando en la roca. No fue en vano.
Martín, quien participó como miembro de Edelweiss en las campañas de Aguirre, recuerda la dureza de aquellos primeros años y el miedo que el profesor Aguirre tenía a la Sima de los Huesos por el desconocimiento de sus gateras y profundidades. “Nosotros montábamos los andamios el primer día y los recogíamos el día del final de campaña”, evoca Martín, quien entiende que hubo “un antes y un después” en la llegada del Aguirre a Atapuerca.


Uno de los episodios menos conocidos de Atapuerca fue el que enfrentó al Ministerio de Defensa con los responsables del yacimiento al encontrarse parte de éste en terreno militar. En un momento en el que comenzaba a oírse el nombre de Atapuerca en toda Europa y comenzaban a aparecer restos de mayor importancia era habitual que los miembros de la campaña coincidiesen en tiempo y espacio con militares que hacían sus maniobras a pie de yacimiento. “En una ocasión estuvieron a punto de hacer saltar por los aires Gran Dolina porque el mando superior dio orden de hacer una voladura sin percatarse de que estaban al lado de los yacimientos”, explica Martín.
La pugna con Defensa duró varios años hasta que finalmente, y al amparo de la recién promulgada Ley de Patrimonio, se prohibió el paso a los militares al entorno del yacimiento. En 1987 se incoa el yacimiento a favor de Patrimonio y a partir de ese momento se declara Bien de Interés Turístico Nacional.


La guinda del pastel se pone en el año 2000 cuando la UNESCO declara a Atapuerca Patrimonio de la Humanidad. Ortega recuerda aquel día con especial emoción. “Me llamaron de la radio para pedirme una valoración y les dije que todavía no me lo creía. Lloramos mucho aquel día”, afirma. La declaración de Patrimonio de la Humanidad puso un punto y aparte en los descubrimientos. Ayudas estatales, regionales y fondos europeos de todo tipo llegaron en un momento crucial. Al mismo tiempo comenzó a fraguarse una idea con intensidad: construir un gran espacio en el que conservar las piezas que habían ido apareciendo en los yacimientos e iniciar una serie de viajes al exterior para dar a conocer los tesoros de la sierra.

El sueño de Atapuerca lo componen muchos restos: los 3.500 restos de homínidos pertenecientes a un mínimo de 32 individuos de la especie Homo heidelbergensis; el cráneo número 5, ‘Miguelón’, que se encontró en la Sima de los Huesos en 1992, y que es el resto mejor conservado del registro fósil mundial; la pelvis ‘Elvis’, encontrada en 1994 y perteneciente a un homínido de hace más de 500.000 años y el bifaz ‘Excálibur’, encontrado en 1998 y que se supone que fue la primera herramienta simbólica que pudiera explicar posibles ritos funerarios, entre otros. Todos estos tesoros pasaron años en laboratorios de la capital española para proceder a su estudio y dieron la vuelta al mundo convirtiendo a Atapuerca en un centro de referencia científica para todo el mundo.
Diez años después de la declaración de Patrimonio de la Humanidad Aguirre y sus alumnos, convertidos en doctores y prestigiosos científicos se permiten el lujo de ver cumplido otro sueño. La apertura del Museo de la Evolución Humana y del Centro Nacional de Investigación de la Evolución Humana ofrece un billete premiado a todos aquellos que hablaron de crear el “Museo de Atapuerca”. Junto a él, el llamado Sistema Atapuerca crea una conexión entre el Complejo de la Evolución Humana y los yacimientos, así como los centros de recepción de visitantes de las localidades de Ibeas de Juarros y Atapuerca. Para ello fue necesario contar con el decidido apoyo de la Junta que en todo momento vio Atapuerca como un tesoro que había que proyectar.


Marzo de 2012. La profesora Ortega revisa desde su despacho del CENIEH las primeras fotos tomadas en Atapuerca. No puede creerse que hayan pasado 50 años ni que en todo este tiempo se hayan cumplido “tantos y tantos sueños”. Rodeadas por mapas del sistema kárstico de los diferentes yacimientos coincide en lo que a menudo discute con sus amigos Arsuaga, Bermúdez o Carbonell: “Atapuerca ha cumplido muchos sueños, pero esto no ha hecho más que empezar porque la sierra depara aún muchos secretos”. Cuando se cumpla el siglo de su descubrimiento, allá por el 2062, la profesora augura que se harán visitas a cavidades hoy desconocidas y se evaluará el trabajo realizado desde otra perspectiva. Para ella, Atapuerca ha marcado su vida. No le importaría tener el poder de vivir otros cincuenta años con la pasión que acompaña a quienes tienen el privilegio de haber escrito un capítulo de la Historia de la Evolución Humana.
 Una imagen de Atapuerca, poco después de descubrirse el yacimiento. (Foto: Ical)

 Fuente: http://www.leonoticias.com


miércoles, 14 de marzo de 2012

-El espía Kim Philby en Burgos.

El mayor espía de todos los tiempos hubiera cumplido este 2012 los cien años. El británico Kim Philby, el agente doble por antonomasia, el hombre de Moscú que traicionó a los aliados durante lustros, desarrolló en Burgos una de sus misiones más importantes. Sucedió en plena guerra civil. Philby, nacido en La India con el nombre de Harold Adrian Russel pero rebautizado Kim por la novela homónima de Rudyard Kipling, era hijo de un administrador del gobierno británico en la exótica colonia asiática. Con la mayoría de edad, fue enviado a estudiar al Trinity College de Cambridge, campus universitario de la alta aristocracia del imperio de Su Graciosa Majestad. Entonces, en aquellos años, aquel vivero juvenil padecía de un virus maligno para los intereses británicos: el marximo.
Philby fue uno de los estudiantes que pronto coqueteó con aquellas ideas, que aprehendió a la par que comenzaba a odiar las que regían su país, al que consideraba corrupto.


 Es muy probable que en aquellos años estudiantiles Philby fuese captado por los soviéticos, aunque en sus memorias (Mi guerra silenciosa) confesó que fue durante una estancia en Viena y mientras se enamoraba de una espía llamada Litzi Friedman -con la que acabó contrayendo matrimonio- cuando se puso a las órdenes de Moscú. Lo cierto es que a su regreso de aquel viaje, Philby reapareció en Londres con una personalidad marcadamente conservadora, cercana a los ambientes germanófilos de la metrópoli. Así, con ese perfil, comenzó a trabajar como periodista para un rotativo local; frecuentó los ambientes en que se movían algunos de los jerarcas del III Reich, a algunos de los cuales llegó a acompañar a Alemania en varios viajes a Berlín. Ya entonces era un hombre de Stalin, a quien informaba de las relaciones entre británicos y germanos.

Por esa condición de periodista germanófilo, en 1937 fue enviado a España en calidad de corresponsal de la agencia de noticias London General Press. Muy pronto, aquel inglés alto y vestido con exquisita pulcritud -un elegante pañuelo asomando siempre de su chaqueta, el pelo brillante peinado hacia atrás- se ganó al aprecio de las autoridades sublevadas, realmente encantadas con las entusiastas crónicas de aquel espigado periodista. Su fama llegó pronto a Gran Bretaña. El periódico más importante del imperio contrató sus servicios. Así, Philby se convirtió en el corresponsal de The Times. Lo que nadie sabía, claro, era que Philby no estaba en Burgos para contar las hazañas bélicas de los golpistas. De un lado, se encontraba en la capital para informar a los soviéticos (que en teoría apoyaban al bando republicano) de todos los planes de guerra de los sublevados, cuyas decisiones se estaban tomando desde el despacho de Franco en el Palacio de la Isla. De otro, tenía una misión mucho más concreta, y que de llevarla a cabo con éxito podría modificar el rumbo de los acontecimientos: debía asesinar al general. Así consta en los archivos que hace unos años desclasificó el servicio de inteligencia británico. Tuvo ocasiones de hacerlo. Al menos dos. Y en ambas estuvo cara a cara frente al futuro dictador de España.


Alojado en el Hotel Condestable, vivero de plumillas de todo el mundo, Philby vivió meses de aventura. De todo tipo de aventuras, también amorosas. Así, mientras hacía todas las labores propias de un periodista y espía, también gozaba: como en todas las ciudades en guerra, multiplicada su población, las oportunidades y los lugares para el entretenimiento de la tropa eran mayores, y Burgos se llenó de locales cabareteros y de no pocos prostíbulos. En uno de los primeros conoció a una canzonetista inglesa, Lindsay Hogg, con quien vivió un tórrido romance que a punto estuvo de terminar en boda si hubiese el agente doble conseguido el divorcio de su primera esposa.
Durante aquel año de 1937 Philby estuvo en alguno de los principales teatros de guerra de la contienda, como la caída de Bilbao o el frente del Ebro. Pero antes de viajar a Teruel, tuvo la primera oportunidad para ejecutar su plan, cuando Franco accedió a dejarse entrevistar por Philby. El encuentro se publicó a la vez en The Times y en ABC de Sevilla, y tuvo una enorme repercusión. El agente trabaja a destajo. Desde Burgos indaga sobre la presencia cada vez mayor de italianos y alemanes en la zona sublevada, que él considera que puede terminar por inclinar la balanza de lado rebelde. Pero debe seguir ejerciendo su papel de corresponsal. Y así, el 2 de enero de 1938, en el frente de Teruel, soportando unas temperaturas inhumanas, cuando viajaba en compañía de otros periodistas, una granada hizo volar el vehículo que los transportaba. Todos murieron excepto Philby, que sufrió heridas leves que le obligaron a llevar un aparatoso vendaje en la cabeza durante meses.


Curiosamente, aquel accidente acabó reportándole una nueva oportunidad para ejectur el plan ideado por Stalin, toda vez que el 2 de marzo el Caudillo en persona condecoró a Philby con la Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar. Parece ser que días antes del segundo encuentro del espía a las órdenes de Moscú con el general Franco, recibió de sus superiores la orden de abortar cualquier tipo de atentado.
Una vida de aventura. Philby continuó cubriendo para The Times la guerra española hasta su conclusión. Pero su azarosa existencia no concluyó ahí. Consiguió formar parte del Servicio Secreto Británico (MI-6) e incluso tomó parte en la creación de la CIA norteamericana para alborozo de Moscú, que durante veinte años tuvo información privilegiada de cuanto británicos y americanos se traían entre manos, consiguiendo que estos fracasaran en numerosos planes merced al anticipo de los soviéticos. En 1963, desenmascarado, recaló en Moscú. Al amparo del KGB, vivió como un general en la capital rusa hasta su muerte, acaecida en 1988. Phily es considerado el agente doble más importante de todos los tiempos.


Fuente: www.diariodeburgos.es

martes, 6 de marzo de 2012

-El hermano mayor de los "neandertales" vivió en Atapuerca.

Los neandertales euroasiáticos pudieron tener un 'hermano mayor' que vivió en la sierra de Atapuerca: el 'Homo antecessor'. Un nuevo estudio, publicado por el equipo de investigación de la sierra burgalesa, plantea un nuevo giro al origen de esta especie de homínido, que fue descrita por vez primera en 1997, cuando se defendió que era un ancestro común entre los humanos modernos y los extintos 'Homo neanderthalensis', y no un linaje paralelo, como se cree ahora.
Esta es la conclusión que a la que han llegado los paleontólogos, dirigidos por José María Bermúdez de Castro, director científico del Centro Nacional de Investigación en Evolución Humana (CENIEH), tras el estudio de dos húmeros de esta especie del Pleistoceno temprano, que fueron encontrados en el nivel TD6 del yacimiento de la Gran Dolina de Atapueca entre los años 2003 y 2007.
Los investigadores, según publican en la revista 'American Journal of Physical Anthropology', han realizado un análisis comparativo entre los dos fósiles de 'H. antecessor' y los de humanos modernos y neandertales. Uno de ellos perteneció al brazo izquierdo de un individuo adulto. Dada su fortaleza, los miembros del equipo que bautizaron como 'Rafa', en homenaje al tenista Rafa Nadal. Por las huellas que presenta había sido 'canibalizado' por sus coetáneos: machacaron el hueso para sacar la médula.
El otro húmero perteneció a un niño de entre cuatro y seis años.

Ambos fueron encontrados en un nivel de hace unos 900.000 años. "Lo sorprendente es que tienen rasgos similares a los de los neandertales, pero más acusados, y hace un millón de años. Nosotros interpretamos que esto de debe a que ambas especies tuvieron un ancestro común, llamémosle X, que pudo llegar del sudeste asiático", explica Bermúdez de Castro.
Esta teoría da un vuelco a lo que se había pensado en los últimos 15 años, cuando se apostó porque este 'primer europeo' encontrado en Gran Dolina (no había restos más antiguos en todo el Europa Occidental), tenía que ser el ancestro común de los neandertales y los humanos modernos. Pero esa idea fue más adelante descartada.

Ahora, el análisis de estos huesos, como ya pasó con un estudio sobre los dientes, va dibujando un panorama con nuevos misterios. ¿De dónde vinieron los 'antecessor'? ¿y qué pasó con ellos?. Bermúdez de Castro tiene su teoría: "Es posible que el ancestro común entre esta especie y los 'heidelbergensis' y neandertales no haya salido de África, sino que tuviera su origen en Asia".
De hecho, recuerda, entre la primera salida de los 'Homo' del continente africano hasta la aparición de los 'H. antecessor' en Atapuerca pasaron 600.000 años, más que suficiente para hubiera habido una evolución independiente.
En todo caso, este nuevo trabajo reabre la polémica sobre la enrevesada evolución humana, en la que aún quedan muchos 'agujeros negros' que desvelar.

Fuente: www.elmundo.es

lunes, 5 de marzo de 2012

-El húmero "Rafa" de Atapuerca.

Durante la primera década del siglo XXI, el yacimiento de la cueva de la Gran Dolina de la sierra de Atapuerca ha seguido proporcionando fabulosos tesoros científicos. Entre los más significativos, destacan un buen número de fósiles de la especie 'Homo antecessor' hallados en dos estratos distintos del nivel TD6. Dos húmeros, uno de ellos infantil (ATD6-121) y el otro perteneciente a un adulto muy joven (ATD6-148), han aportado mucha información para esclarecer el origen de la especie.
Los dos húmeros muestran signos inequívocos del proceso de canibalismo que tuvo lugar en la cueva hace 900.000 años. El húmero del adulto fue quebrado con un golpe certero para obtener la médula. El impacto, seguramente producido con una piedra, se aprecia a simple vista. La fractura de la diáfisis tiene forma en espiral y es una clara evidencia de que la rotura se produjo en el hueso fresco. Las marcas de descarnado para extraer las masas musculares son numerosas y espectaculares. Además, las dos cóndilos de la epífisis distal, donde se insertan números músculos que permiten flexionar el brazo y los dedos, fueron destrozados a golpes para separar las masas musculares.
A pesar de los daños, aún es posible estudiar varias de sus características anatómicas. El húmero ATD6-148 corresponde a un brazo izquierdo. Es muy robusto y presenta inserciones musculares muy desarrolladas. Sin duda, el brazo de este joven adulto fue tan potente como el de nuestro Rafa Nadal. De ahí el nombre con el que hemos querido bautizar el fósil, y que también quiere ser un guiño a los enormes éxitos del deporte español en un momento tan particular, sobre el que no me parece necesario dar más explicaciones. No podemos determinar si este húmero era de un hombre o de una mujer. Las dimensiones no son concluyentes. Pero este detalle no es importante. El húmero RAFA pasará a la historia de la evolución humana con todos los honores.
Sin querer entrar en detalles complejos, la anatomía de los dos húmeros (que se suma a otras evidencias anatómicas) sugiere que la especie 'Homo antecessor' está relacionada con los neandertales y sus antecesores del Pleistoceno Medio. 'Homo antecessor', 'Homo heidelbergensis' y 'Homo neanderthalensis' serían especies hermanas, hijas de un mismo «padre», que posiblemente evolucionó durante milenios en el sudoeste de Asia. Los homínidos que colonizaron Europa llegaron en momentos distintos y parecen conservar una herencia genética común, que nos permite rastrear tanto su origen como sus relaciones de parentesco filogenético.

Fuente: www.elmundo.es   Jose María Bermúdez de Castro

domingo, 4 de marzo de 2012

-El inquisidor Alonso de Salazar y Frías.


Cerca de la aldea navarra de Zurragamurdi hay un manantial que se conoce como Arroyo del Infierno. La voz popular ha conservado por toda la comarca nombres como ese, que remiten a uno de los episodios más oscuros de la historia de España, cuando la Inquisición perseguía con vehemencia todo paganismo. En aquellos primeros años del siglo XVII el Santo Oficio se volcó con la brujería. Algunos de sus más siniestros ministros alertaron de una oleada de hechicería en las Vascongadas. El Tribunal de Logroño fue el encargado del proceso -considerado el más importante en la historia de tan perversa organización- que hubiera llevado a la hoguera a cientos de personas de no haber sido por uno de los tres juristas del tribunal: un burgalés llamado Alonso de Salazar y Frías.

Nacido en Burgos capital en 1564, en el seno de una próspera familia de comerciantes, estudió Derecho Canónico en las universidades de Salamanca y Sigüenza antes de hacerse sacerdote. Trabajó en las diócesis de Jaén y Toledo de la mano de Bernardo de Sandoval y Rojas, obispo de ambas y hermano del que fuera el más influyente valido del rey Felipe III, el duque de Lerma. Según su biógrafo, Gustav Henningsen, el jurista y diplomático burgalés fue «uno de los clérigos más brillantes de la Corte». En 1609 se convirtió en inquisidor de Logroño, formando triunvirato con los exaltados Alonso Becerrra y Juan del Valle Alvarado, quienes tenían abierto un proceso contra la brujería absolutamente escalofriante: contaban, a la llegada del burgalés, con miles de informes que, según ellos, confirmaban la estrecha relación con la brujería de otros tantos seres humanos en distintos puntos de la geografía Navarra y vasca.

El salvador Salazar y Frías poco pudo hacer en los primeros meses; sus colegas, que llevaban tiempo controlando el proceso, celebraron en 1610 un auto de fe con 31 personas, de las once fueron quemadas en la hoguera ante 30.000 personas, que parecieron disfrutar viendo cómo las llamas enviaban al infierno a aquellos pobres diablos. El burgalés cuestionó algunas de las sentencias, consiguiendo evitar el ajusticiamiento de dos reos. Por eso al año siguiente, el burgalés decidió, contra la opinión de sus compañeros, que comenzaron a insinuar que su colega era ministro del diablo, iniciar un viaje por aquellas zonas en las que parecía haberse disparado una epidemia demoníaca. Durante meses, Salazar recorrió las aldeas recabando miles de confesiones y otras tantas denuncias sobre brujería que lo dejaron estupefacto. En muchos casos, tomó declaraciones de niños que decían haber soñado con su participación en aquelarres; constató cómo unos vecinos se denunciaban a otros; cómo algunos se tomaban la justicia por su mano en linchamientos o piras improvisadas. Había una violencia desatada y un clima de contaminación que se había alejado de los cánones de la realidad cobrando un cariz onírico y salvaje que asustó al letrado, convencido de que no había secta alguna y de que todo aquel fenómeno paranormal se había contagiado precisamente por publicidad, esto es, por insistir en la existencia de hechiceros y brujas.
«En el insano clima actual es pernicioso nombrar esas cosas públicamente, puesto que sólo pueden acarrear al pueblo mayor daño del que ya ha experimentado», escribió tras concluir su viaje. Constató el clérigo burgalés que en la epidemia de brujomanía confluían tres factores: adoctrinamiento previo, sueños estereotipados y confesiones extraídas a la fuerza.


A su regreso, el tribunal tenía sobre la mesa 5.000 nombres de personas sospechosas de estar relacionadas con la brujería. Aunque presionado y hostigado por los otros dos jueces del tribunal, el burgalés se mostró metódico y se centró en los argumentos jurídicos y la veracidad de las pruebas frente a la apuesta nada científica de sus colegas, creídos del rumor y las denuncias que habían llevado a todas aquellas almas a la terribe causa que se estaba enjuiciando. Pasó por un calvario Salazar y Frías. «Mis colegas dicen que ciego del demonio defiendo yo a mis brujos», escribió en una ocasión.
Pero defendió su tesis contra viento y marea. «No hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se llegó a tratar y escribir de ello», recogió en su dictamen, que tiene aseveraciones que hablan magníficamente del papel racional de este buen inquisidor: «Mis colegas pierden el tiempo cuando aseguran que los aspectos más complicados y difíciles de este asunto solamente pueden ser comprendidos por aquellos iniciados en los misterios de la secta, puesto que las circunstancias, pese a todo, requieren que el caso sea juzgado en este mundo por jueces que no son brujos. Nada consiguen arreglar con decir que el demonio es capaz de esto o aquello, mientras machacónamente repiten la teoría de su naturaleza angélica y hacen referencia a los sabios doctores de la Iglesia. Todo ello resulta aniquilante, ya que nadie ha puesto en duda esas cosas. El problema es: ¿hemos de creer que en tal o cual ocasión determinada hubo brujería, solamente porque los brujos así lo dicen? No, naturalmente, no debemos creer a los brujos, y los inquisidores creo que no deberán juzgar a nadie a menos que los crímenes puedan ser documentados con pruebas concretas y objetivas, lo suficientemente evidentes como para convencer a los que las oyen». Exigía, pues, demostraciones empíricas de la cosa.

Becerra y Valle, por su parte, se mantuvieron en sus trece, rebatiendo al burgalés que el demonio había «hecho trampas» sirviéndose «de engaños y comedias para cegar la razón de muchos» y haciendo detallado hincapié de los ritos demoníacos que, según ellos, se practicaban en tierras navarras y vascas. Por fortuna para aquellas miles de personas, el burgalés se salió con la suya. Remitidos a Madrid los informes de la causa, el Consejo General decidió decretar la suspensión del proceso en 1614. Salazar consiguió además que se utilizase el silencio como el mejor mecanismo contra la expansión de la brujería. Funcionó. Además, su gestión en el mayor proceso inquisitorial de la historia evitó la hoguera a miles de personas vinculadas a la brujería cien años antes que en toda Europa. En adelante, cualquier persona acusada de ello sería castigada a penas leves cuando no declarada inocente. El biógrafo del clérigo y juez burgalés ha escrito que «el mundo siempre tendrá necesidad de alguien que se atreva a desenmascarar al verdugo: de hombres tan enteros como Salazar».

Fuente: www.diariodeburgos.es

lunes, 27 de febrero de 2012

-El puzle de los huesos del Cid.

El héroe castellano por antonomasia no descansa en paz. Su destierro es ya milenario. Es probable que no haya huesos más viajeros que los del Cid, repartidos aquí y allá, hijos de los avatares azarosos de los siglos. Queriendo recomponer este puzle secular, la Asociación Ego Ruderico ha emprendido la empresa nada fácil de localizar cuantos restos de Mio Cid se sepa que están dispersos por el mundo. Tal afán ha dado ya sus primeros frutos, sorprendentes de principio a fin. Se sabía, y a ello llegaremos, que había restos óseos del que en buena hora nació en Francia y la República Checa. Y que durante siglos los hubo en Alemania.

 Se sabía que los que se salvaron y se pudieron reunir están en la Catedral. También que en la Sala Poridad del Arco de Santa María se conserva el radio de nuestro más inmortal caballero. Pero los miembros de Ego Ruderico han hallado otra pieza más del rompecabezas. Resulta que en la sede de la Real Academia Española de la Lengua hay otro fragmento del cráneo del gran batallador castellano, del que no se tenía noticia pública hasta ahora.
Está allí desde 1968, y la rocambolesca historia guarda relación con el premio Nobel Camilo José Cela. Según han confirmado al colectivo cidiano desde la propia RAE, el 13 de marzo del citado año 68 Ramón Menéndez Pidal recibía en su casa un solemne homenaje con motivo de su 99 cumpleaños. Una comisión de académicos acudió a homenajearle y le llevó un presente. El que fuera de los más grandes estudiosos de la figura del Cid se sorprendió al ver el objeto: era un hueso del cráneo del héroe castellano. Aunque no era un regalo porque iba a ser estudiado, se lo enviaba otro académico, Camilo José Cela, quien al parecer había mediado con la que era entonces propietaria de la reliquia, la condesa Thora Darnel-Hamilton, quien a su vez lo había heredado de su abuelo después de que a éste se lo donara un tal barón de Lamardelle, al parecer uno de los expoliadores.


Según recogen las actas de la RAE, el casi centenario filólogo observó el fragmento de cráneo «con conmovedor silencio» y que después lo besó «devotamente». Merece la pena anotar aquí el epílogo del acta: «La escena se nos aparece hoy plena de sentido y emoción. Aparte de la posible autenticidad o falsía de la reliquia (los datos aparecen también en una inscripción colocada en el mismo hueso), la circunstancia invade y reviste de atenazante gravedad aquellos momentos, y pone en pie, en un instante, largos siglos de historia. El Cid había sido uno de los grandes temas de la investigación histórica y filológica de Menéndez Pidal. Ya la muerte llamando a la puerta, el legendario héroe aparecía inesperadamente, para acompañar al maestro. No hubo otra pompa litúrgica que la presencia en la sala de un enorme ramo de rosas, noventa y nueve rosas, tantas como años cumplía, enviadas por Camilo José Cela, que no pudo asistir, a pesar de figurar en la comisión designada por el pleno».

Los otros restos. Cuando el Campeador murió (año 1099), sus restos fueron depositados en la Catedral de Valencia. Sin embargo, su viuda se los llevó consigo cuando dos años más tarde los almorávides entraron en la ciudad. No le importó a doña Jimena, ya que su marido siempre le había manifestado su deseo de ser enterrado en San Pedro de Cardeña. Allí, en el atrio del monasterio burgalés, fue de nuevo inhumada la osamenta del de Vivar, aunque no por mucho tiempo. En 1272, el rey Alfonso X hizo construir en la capilla mayor un gran sepulcro labrado para honrar la memoria del guerrero castellano con esta leyenda: «Aquí yace enterrado el Grande Rodrigo Díaz, guerrero invicto, y de más fama que Marte en los triunfos».
Pero no hubo paz para Rodrigo Díaz. Dos siglos más tarde, obras en el cenobio motivaron un nuevo traslado: los restos del Cid fueron trasladados a la entrada de la sacristía y colocados sobre cuatro leones de piedra. En el año 1541 de nuevo unas obras alteraron la paz eterna del caudillo medieval, entonces llevado a un lateral de la abadía. Hecho que no gustó un ápice al condestable Pedro Fernández de Velasco, quien tiene que recurrir al mismísimo emperador Carlos V para que los monjes devuelvan al que en buena hora nació al otro emplazamiento.


Dos siglos duró la tranquilidad. En 1736, los vestigios del Campeador fueron llevados a una capilla de nueva creación, la de San Sisebuto. Pero el verdadero vaivén iba a llegar unas cuantas décadas más tarde, a partir de 1808, con la invasión de las tropas napoleónicas. El templo fue expoliado salvajemente. Naturalmente, los restos del Cid no fueron respetados pese al interés y el respeto que sobre su figura sí tenían algunos mandos de las tropas francesas que ocuparon Burgos. Así, el general Thiebault, conocedor del personaje y en un gesto con el que pretendió congraciarse con el pueblo de Burgos, organizó el traslado de los restos (mejor dicho, de los que para entonces todavía quedaban, si es que quedaba alguno) a la ciudad. El 19 de abril de 1809, en un acto lleno de pompa y de solemnidad, se dio sepultura al Cid en un mausoleo que para la ocasión se había levantado en el paseo del Espolón.
Liberada España del yugo francés, los monjes solicitaron al Ayuntamiento de Burgos que los restos fueran devueltos al monasterio de San Pedro de Cardeña. Lo consiguieron en 1826. Pero las desamortizaciones volvieron a dejar lo que quedaba del Cid a expensas de profanadores. Para evitar males mayores, el Ayuntamiento consiguió sacar de nuevo los restos. Los únicos que se conservaban desde la profanación francesa. Seguían faltando los huesos más pequeños: carpo, metacarpo, tarso, metatarso, falanges y restos del cráneo. A resguardo en la capilla municipal, evitaron que otra broma del destino los llevara a Madrid. Por fin, en 1921, con la presencia del rey Alfonso XIII, se enterraron en el Crucero de la catedral.

Los más viajeros. Dos gabachos fueron los culpables del eterno destierro de los restos del Campeador: el conde de Salm-Dick y el barón de Delammardelle, que se repartieron parte de la osamenta. El primero no los conservó mucho tiempo y terminó por regalárselos al príncipe alemán Carlos Antonio de Hohenzollern, pasando a formar parte del museo particular de su castillo de Sigmaringen, en el sureste de Alemania. Gestiones del gobierno español consiguieron que esos restos regresaran a España a finales del XIX.
Lo que fue de la parte de Salm-Dick es la más difícil de saber. Sin embargo, se conocen dos lugares, en Francia y en la República Checa, en los que se dice están el resto de los restos. Unos, en Brionnais, municipio de Gènelard, en la Borgoña francesa. Son propiedad de un particular. Se conservan en una urna junto a una leyenda que explica su origen y procedencia; los otros se custodian en el palacio checo de Lazne Kynzvart. En 2007 el Ministerio de Cultura español solicitó al checo estudiarlos para comprobar su autenticidad, a la vez que pidió la devolución de un trozo de cráneo del Cid y de un fémur de doña Jimena. Que se sepa, no ha sucedido ni una cosa ni la otra. Los huesos del Cid permanecen en el destierro.


Fuente: www.diariodeburgos.es

sábado, 25 de febrero de 2012

-¿Los neandertales se extinguieron antes de llegar el Homo Sapiens?

Los neandertales europeos estuvieron al filo de la extinción antes de la llegada de los humanos modernos, según un estudio internacional que publica la revista Molecular Biology and Evolution en el que participan investigadores españoles.
Esta es la principal conclusión de un estudio genético publicado en la citada revista, en el marco de un proyecto internacional, según ha informado el Museo de la Evolución Humana de Burgos en una nota.
De los resultados de esta investigación se deduce que los neandertales desaparecieron de la mayor parte del continente europeo hace unos 50.000 años y que posteriormente un pequeño grupo recolonizó Europa central y occidental, donde sobrevivió otros 10.000 años antes de que los humanos modernos entraran en escena (unos y otros llegaron a coexistir).

Según Love Dalén, del Museo Sueco de Historia Natural de Estocolmo, "el hecho de que los neandertales de Europa casi se extinguieran para luego recuperarse y que todo eso sucediera mucho antes de que tuvieran contacto con los humanos modernos fue una completa sorpresa para nosotros".

Esto indica, ha continuado, que "los neandertales pudieron ser más sensibles a los dramáticos cambios climáticos que ocurrieron durante la última edad del hielo de lo que se pensó previamente".
Debido a esto y al realizar los análisis de ADN sobre fósiles de neandertales del norte de España, incluido uno descubierto en Valdegoba (Burgos) de hace 48.500 años, los investigadores notaron que la variación genética entre los neandertales europeos fue extremadamente limitada durante los diez mil años que precedieron a su desaparición.
Fósiles europeos y asiáticos más antiguos muestran mayores niveles de variación genética, los mismos que se encuentran en otras especies que han sido abundantes durante mucho tiempo en un mismo territorio.

La diversidad genética de los neandertales más antiguos y de los asiáticos era tan alta como la de los humanos modernos como especie, mientras que la variación de los últimos neandertales europeos no alcanzaba a la de los humanos modernos de Islandia, dice Dr. Anders Götherström, de la Universidad de Uppsala.
Este estudio se basa exclusivamente en ADN muy degradado, por lo que los análisis requirieron el uso de metodologías avanzadas. Por ello, se contó con la colaboración de especialistas de varios países, entre los que figuran estadísticos de Dinamarca y EEUU, expertos en secuenciación moderna de ADN de Dinamarca, y paleontólogos de España. Según explica la nota, sólo cuando todos los miembros del equipo internacional revisaron sus hallazgos, tuvieron la certeza de que los resultados revelaban una importante y hasta entonces desconocida parte de la historia de los neandertales.
El punto de vista sostenido anteriormente sobre una Europa habitada por una población neandertal que había permanecido estable durante cientos de miles de años hasta la llegada de los humanos modernos debe revisarse, según los investigadores de este estudio.

Los investigadores destacan que este tipo de estudios interdisciplinares es extremadamente valioso para el avance de la investigación en evolución humana, pues el ADN de humanos prehistóricos ha aportado hallazgos inesperados en los últimos años. Es muy emocionante imaginar qué nuevos descubrimientos se producirán en los próximos años en este campo, dice Juan-Luis Arsuaga, profesor de Evolución Humana de la Universidad Complutense de Madrid.

www.elmundo.es

jueves, 23 de febrero de 2012

-El caballo losino en la historia.

La estampa apacible de los losinos que actualmente vagan por los montes Obarenes guarda tras de sí una fecunda historia fruto de su longevidad como especie. Según los estudios más recientes, se trata de los descendientes de los únicos tres tipos de raza caballar autóctonas de la Península Ibérica y de la única que mantiene su mayor grado de pureza.
Solamente por esto ya ocupa un papel destacado en la historia no sólo de Burgos sino de toda la Península, aunque hay mucho más que conta que su posición en la fauna.
Su presencia en hechos históricos poco conocidos fuera de los círculos que han estudiado esta raza, lentamente van saliendo a la luz; en muchos casos, fruto de las modernas técnicas de investigación genética.

También el estudio de antiguos escritos recoge la presencia del losino, bajo otros nombres, pero con características físicas que le hacen reconocible, en lugares muy singulares.
Así, por orden de antigüedad, resultaría difícil imaginar a los losinos  como protagonistas de las antiguas carreteras de cuadrigas en el Circo Romano. Pero, sorpresa... Según las crónicas, desplazó a los caballos célticos cisalpinos llegando a figurar un tronco de caballos celtíberos entre los premios más cotizados en las competencias circenses de Roma. Esto fue así ya que una de sus cualidades más llamativas para los itálicos era la de practicar el paso portante, de andadura o ambladura, paso no conocido en Roma hasta entonces. Así, Plinio, que había sido oficial de caballería, lo describía como «paso no habitual, sino más bien como un trote suave que logra alargando las piernas alternativamente».

Recientemente, el papel de los caballos en la guerra ha sido recogido por la industria cinematográfica de forma muy destacada siendo la raza losina una de las más veteranas en los campos de batalla.
Sus características le hacían ideal para los combates especialmente en las zonas montañosas donde comenzó la Reconquista. Dado que en la época las fortalezas se construían en lugares inaccesibles el apoyo de los caballos losinos a las fuerzas cristinas resultó determinante en no pocos enfrentamientos con los invasores.
En las crónicas se recogen luchas en los castillos de Lantarón, Cellorigo y Pancorbo, defendido por el conde Vela Jiménez, donde en el año 882 se rechazó al ejército árabe.
Esto permitió frenar en seco a los ejércitos moriscos entrar por la Sierra de Tesla y los montes de Álava según las crónicas de los historiadores de ese momento histórico.

Fuente:  GERARDO GONZÁLEZ / Briviesca
http://www.elcorreodeburgos.com/