domingo, 18 de marzo de 2012

-50 años de Atapuerca.

Se cumple medio siglo del descubrimiento en la Trinchera del Ferrocarril de los primeros fósiles humanos en uno de los yacimientos más importantes del mundo.

  Visita a Atapuerca realizada con Basilio Osaba el 15 de abril de 1963. (Foto: Ical)

Junio de 1968. El espeleólogo burgalés José Luis Ulibarri escribe una carta a su colega Francisco Jordá. Es breve, precisa. Le indica que "unos 700 metros antes de la localidad de Ibeas de Juarros (Burgos) y a 200 metros a la izquierda de la carretera, en unas tierras labradas, ha encontrado numerosos sílex, la mayoría de buen tamaño. Muy pocos trabajados. De gran importancia. Similares a los primeros que aparecieron en 1962, pero de apariencia más antiguos”.

Atapuerca está de enhorabuena. Se cumplen 50 años del comienzo de un sueño. Del inicio de una aventura emprendida por el destinatario y el autor de la anterior misiva en una época en la que poco o nada se conocía sobre la Evolución Humana, la Paleontología y la Arqueología en una España que intentaba superar los ecos de la posguerra para abrirse al exterior. Los primeros científicos que llegaron al que hoy es uno de los yacimientos más importantes de toda Europa, lo hicieron sin medios, por casualidad y sin la ayuda económica de ninguna administración.
Todo comenzó en el otoño de 1962. Sin constancia del día exacto, los miembros más veteranos del grupo de espeleología burgalés Edelweiss lo sitúan en octubre. Fue el propio José Luis Uribarri, miembro del grupo, quien en una de las cavidades situadas en el trazado de la Trinchera del Ferrocarril localizó diversos huesos fosilizados, lo que le permitió evidenciar la gran antigüedad de aquel yacimiento inabarcable al que bautizaron como Trinchera, sin diferenciar como hoy entre los yacimientos de Galería y Gran Dolina.

Ana Isabel Ortega y Miguel Ángel Martín, miembros de Edelweiss y conocedores de aquella historia que después marcó sus vidas, hacen memoria desde el despacho que Ortega ocupa en la actualidad en el Centro Nacional de la Evolución Humana, anexo al Museo de la Evolución Humana. “Fueron los veteranos del grupo los que iniciaron el trabajo de campo en unas condiciones de extrema dureza, en las que prácticamente no había nada para picar aquella gigante pared en la que al parecer había restos humanos”, explica Ical Ortega.
Pese a que el descubrimiento tiene lugar en 1962 no es hasta abril del año siguiente cuando se produce la visita oficial al yacimiento. “Fueron muchas personas, se hicieron todos la foto y fue el momento en el que se dieron cuenta de lo viejo que tenía que ser aquello, relata Martín, quien escuchó en su momento contar esta historia a quienes la vivieron en primera persona, ya fallecidos. Es en este momento cuando comienzan a aparecer nuevas piezas que hacen que muchos arqueólogos y paleontólogos fijen su mirada en la sierra burgalesa. “Apareció el primer bifaz del que hay constancia y se dató en el Paleolítico Inferior”.

Por aquel momento, el Museo de Burgos era el único espacio dedicado a la Historia Antigua de una pequeña ciudad de provincias que se abría a vecinos de los pueblos limítrofes que llegaban a trabajar a las industrias que se iban instalando en los polígonos de las afueras. Basilio Osaba era el director por aquel entonces del Museo de Burgos y no dudó en ponerse en contacto con el mejor especialista del Paleolítico que había en aquel momento, Francisco Jordá, quien trabajaba en la Universidad de Salamanca.
Es el propio Jordá quien se pone en contacto con el director del Museo Paleontológico de Sabadell por aquel entonces, Miquel Crusafont, e inicia en el verano de 1964 la primera campaña de excavaciones. Poco o nada tuvo que ver aquella campaña con las que se realizan en la actualidad. Sin andamios ni útiles para hincar el diente a la pared de la Trinchera, sí que se hicieron otros importantes trabajos de campo como un croquis a mano del yacimiento de Gran Dolina, obra de Llopis Lladó que permitió conocer el entresijo de la cavidad en la que años después aparecerían los restos de la especie Homo Antecessor. “Era poca gente pero se hizo mucho”, destaca Martín, quien agrega que en estas primeras campañas se desplazaron personas de todo el norte del país entusiasmados con el yacimiento.


La ausencia de una ley estatal que velase por el patrimonio y la carencia de una administración centralizada en la que no existían gobiernos autonómicos, y mucho menos ayudas por parte de éstos, hizo que los primeros años de Atapuerca fuesen caóticos y algo confusos. El eco de las noticias que llegaban desde los medios de comunicación, que ya por aquel entonces hablaban de Atapuerca como “el yacimiento prehistórico más importante del país”, llevó a paleontólogos de todo el país a intentar rascar algo en la sierra de Atapuerca. “No se ha contabilizado todo lo que pudieron llevarse, pero fue mucho”, sentencia Martín, quien explica que muchos de los grupos de trabajo de la época eran “obreros” que pasaban horas y horas picando hasta encontrar fósiles que llevarse.
Uno de los museos al que fueron a parar los restos de Atapuerca fue el de Sabadell. El equipo encabezado por Crusafont se llevó muchas de las piezas que encontró en la campaña de excavaciones a su museo y, ante la ausencia de reclamación alguna, exhibió durante años los restos en una vitrina en la que podía leerse “restos del Paleolítico Inferior del yacimiento de Trinchera. Atapuerca, Burgos”.
Alarmados por la presencia de intrusos, el Boletín Oficial de la Provincia de Burgos publica el 24 de octubre de 1968 una norma en la que se indica que "queda absolutamente prohibida la entrada a las cuevas que poseen interés artístico o yacimientos prehistóricos a toda persona que no vaya debidamente provista de un permiso especial que otorgará el Servicio Espeleológico Provincial". Sin embargo, no sería hasta la promulgación de la Ley de Patrimonio en 1985 cuando todos estos incidentes quedasen resueltos por completo y ningún particular pudiese salir del yacimiento con restos en sus manos o furgonetas.
  Ana Isabel Ortega y Miguel Ángel Martín, pioneros de Atapuerca. (Foto: Ricardo Ordóñez)

La primera exposición que oficialmente exhibió el material más importante hallado en las cavidades de la sierra burgalesa tuvo lugar en 1968 en el Museo de Burgos, ubicado en la calle Calera. En junio de ese año, el grupo Edelweiss recibe los primeros restos paleontológicos estudiados por el profesor Villalta, datados en unos 500.000 años, que sirven de excusa para atraer la atención hacia el recién remodelado museo provincial de la capital.
La exposición coincide en el tiempo con el descubrimiento de otro gran hito del arte prehistórico: Ojo Guareña. La mayor parte de los estudiosos que participaban en Atapuerca se dieron cuenta de lo fácil que resultaba encontrar restos en Ojo Guareña y las horas que había que emplear en Atapuerca y deciden abandonar temporalmente el proyecto burgalés. Se inicia un parón de años, recuperado por Trinidad Torres. ‘Trino’, como le conocían sus amigos, inicia sus trabajos en la Sima de los Huesos en 1975.
“Queda muy sorprendido al entrar en la gran cueva de los osos”, relata Martín, quien describe aquel espacio como una gran cavidad con restos de osos de todos los tiempos. En una de las campañas de Trinidad Torres aparecen junto a los restos de osos los primeros fósiles humanos que Trino muestra a su director de tesis, Emiliano Aguirre. “Eran dos trozos de mandíbula sin mentón que casaban perfectamente y de los que se supo nada más verlos que eran del Pleistoceno Medio”.

El antes y después de Atapuerca lo marcó Emiliano Aguirre, considerado como el padre de Atapuerca, pese al camino emprendido antes por muchas otras personas. “Emiliano decidió montar su propio equipo, excavar la roca de arriba abajo y pasó años enteros preparando el yacimiento para que luego se fuera descubriendo lo que después se descubrió”, agrega Ortega, quien recuerda con gran cariño su primera campaña en 1983 en la que conoció a “José Mari, Eudald y Juan Luis”; quienes con el paso de los años se convertirían en codirectores y el rostro vivo de Atapuerca.
Ana Isabel Ortega recuerda perfectamente cómo fue su primera incursión en Atapuerca. Fue un profesor de su Facultad quien le permitió participar en la campaña aunque le advirtió que “la mayoría de los integrantes eran vascos y que se iba a pasar el verano lavando en el río”. No le importó. Meses después y tras ese primer contacto, acudió al despacho del profesor Emiliano Aguirre para pedirle participar en su equipo. “Vente mañana mismo, me dijo. Al día siguiente me cogí el autobús y me presenté en Ibeas de Juarros con mi mochila”, recuerda con emoción.

El equipo de Emiliano Aguirre lo formaban jóvenes entusiastas con estudios en Paleontología y Arqueología que sentían auténtica pasión por el yacimiento y lo que en él pudiesen hallar. La mayor parte de los que formaron ese equipo ocupan hoy puestos de importancia en el CENIEH y en el MEH donde pueden leerse en las placas de los despachos científicos el nombre de los alumnos del profesor Aguirre. Eran las mismas personas que dormían en una pequeña casa cedida por el Ayuntamiento de Ibeas de Juarros y que hipotecaban los veranos en la playa con sus amigotes para ir a limpiar piezas al río y pasar horas y horas excavando en la roca. No fue en vano.
Martín, quien participó como miembro de Edelweiss en las campañas de Aguirre, recuerda la dureza de aquellos primeros años y el miedo que el profesor Aguirre tenía a la Sima de los Huesos por el desconocimiento de sus gateras y profundidades. “Nosotros montábamos los andamios el primer día y los recogíamos el día del final de campaña”, evoca Martín, quien entiende que hubo “un antes y un después” en la llegada del Aguirre a Atapuerca.


Uno de los episodios menos conocidos de Atapuerca fue el que enfrentó al Ministerio de Defensa con los responsables del yacimiento al encontrarse parte de éste en terreno militar. En un momento en el que comenzaba a oírse el nombre de Atapuerca en toda Europa y comenzaban a aparecer restos de mayor importancia era habitual que los miembros de la campaña coincidiesen en tiempo y espacio con militares que hacían sus maniobras a pie de yacimiento. “En una ocasión estuvieron a punto de hacer saltar por los aires Gran Dolina porque el mando superior dio orden de hacer una voladura sin percatarse de que estaban al lado de los yacimientos”, explica Martín.
La pugna con Defensa duró varios años hasta que finalmente, y al amparo de la recién promulgada Ley de Patrimonio, se prohibió el paso a los militares al entorno del yacimiento. En 1987 se incoa el yacimiento a favor de Patrimonio y a partir de ese momento se declara Bien de Interés Turístico Nacional.


La guinda del pastel se pone en el año 2000 cuando la UNESCO declara a Atapuerca Patrimonio de la Humanidad. Ortega recuerda aquel día con especial emoción. “Me llamaron de la radio para pedirme una valoración y les dije que todavía no me lo creía. Lloramos mucho aquel día”, afirma. La declaración de Patrimonio de la Humanidad puso un punto y aparte en los descubrimientos. Ayudas estatales, regionales y fondos europeos de todo tipo llegaron en un momento crucial. Al mismo tiempo comenzó a fraguarse una idea con intensidad: construir un gran espacio en el que conservar las piezas que habían ido apareciendo en los yacimientos e iniciar una serie de viajes al exterior para dar a conocer los tesoros de la sierra.

El sueño de Atapuerca lo componen muchos restos: los 3.500 restos de homínidos pertenecientes a un mínimo de 32 individuos de la especie Homo heidelbergensis; el cráneo número 5, ‘Miguelón’, que se encontró en la Sima de los Huesos en 1992, y que es el resto mejor conservado del registro fósil mundial; la pelvis ‘Elvis’, encontrada en 1994 y perteneciente a un homínido de hace más de 500.000 años y el bifaz ‘Excálibur’, encontrado en 1998 y que se supone que fue la primera herramienta simbólica que pudiera explicar posibles ritos funerarios, entre otros. Todos estos tesoros pasaron años en laboratorios de la capital española para proceder a su estudio y dieron la vuelta al mundo convirtiendo a Atapuerca en un centro de referencia científica para todo el mundo.
Diez años después de la declaración de Patrimonio de la Humanidad Aguirre y sus alumnos, convertidos en doctores y prestigiosos científicos se permiten el lujo de ver cumplido otro sueño. La apertura del Museo de la Evolución Humana y del Centro Nacional de Investigación de la Evolución Humana ofrece un billete premiado a todos aquellos que hablaron de crear el “Museo de Atapuerca”. Junto a él, el llamado Sistema Atapuerca crea una conexión entre el Complejo de la Evolución Humana y los yacimientos, así como los centros de recepción de visitantes de las localidades de Ibeas de Juarros y Atapuerca. Para ello fue necesario contar con el decidido apoyo de la Junta que en todo momento vio Atapuerca como un tesoro que había que proyectar.


Marzo de 2012. La profesora Ortega revisa desde su despacho del CENIEH las primeras fotos tomadas en Atapuerca. No puede creerse que hayan pasado 50 años ni que en todo este tiempo se hayan cumplido “tantos y tantos sueños”. Rodeadas por mapas del sistema kárstico de los diferentes yacimientos coincide en lo que a menudo discute con sus amigos Arsuaga, Bermúdez o Carbonell: “Atapuerca ha cumplido muchos sueños, pero esto no ha hecho más que empezar porque la sierra depara aún muchos secretos”. Cuando se cumpla el siglo de su descubrimiento, allá por el 2062, la profesora augura que se harán visitas a cavidades hoy desconocidas y se evaluará el trabajo realizado desde otra perspectiva. Para ella, Atapuerca ha marcado su vida. No le importaría tener el poder de vivir otros cincuenta años con la pasión que acompaña a quienes tienen el privilegio de haber escrito un capítulo de la Historia de la Evolución Humana.
 Una imagen de Atapuerca, poco después de descubrirse el yacimiento. (Foto: Ical)

 Fuente: http://www.leonoticias.com


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