En su momento, la comisión territorial de Patrimonio de Burgos determinó la puesta en valor de la calzada romana en aquellos tramos que pudieran encontrarse en adecuado estado de coservación. Así, cuando se produjo la modificación del PGOU asociado a la variante ferroviaria, se preservó el trazado de marras, calificando ese tramo como ‘suelo de rústico de protección’, subrayándose que cuando se desarrollara el sector se realizara una prospección arqueológica, se pusiera en valor la calzada y se creara «un itinerario recreativo conectado a los sistemas generales de espacios libres incluidos en él».
Ya durante las obras de construcción de la ronda interior (Avenida Príncipe de Asturias) a su paso por esa zona se documentaron restos de interés arqueológico, concluyéndose que la calzada tenía una anchura de entre ocho y nueve metros. «Lo que se pretende es que la calzada quede integrada en el parque, perfectamente excavada y conservada, ofreciendo a la vista el corte de los distintos niveles, que es una buena forma de mostrar cómo construían sus carreteras los ingenieros romanos en el siglo II».
Las calzadas romanas eran caminos de entre cinco y seis metros de ancho, sumando la cuneta. En algunas bien conservadas, según asegura Isaac Moreno, historiador burgalés experto en la materia, su anchura llega hasta los ocho metros, caso del tramo que nos ocupa. Las vías principales tenían que tener la anchura suficiente para permitir que dos legiones formadas pudieran cruzarse en sentido opuesto sin que hubiera problemas de paso. Su construcción consistía en una zanja de aproximadamente un metro de profundidad para hacer unos cimientos de piedras grandes (statumen). Sobre ellos se colocaba una capa de cascajo (rudus), otra de grava fina (nucleus). En las zonas de mayor tráfico, como las cercanías a las ciudades grandes, se añadía un empedrado de piedras anchas y planas (summa crusta). Cada pocos metros, se dejaba un drenaje.
Las calzadas eran tan rectas como fuera posible y no se desviaban ante una colina, sino que la remontaban. Solamente ante altas montañas desviaban su trayectoria, faldeándolas. Las calzadas eran construidas por civiles, soldados y esclavos para las tareas más pesadas con piedras de distintos tamaños con el objetivo de conseguir un firme sólido. Las piedras grandes se colocaban en la base y sobre éstas se establecía una capa de piedras más reducidas. En algunos casos, por norma general en las rutas más importantes, sobre estos cimientos se colocaba un firme de adoquines. Las calzadas tenían sistemas eficaces de desagüe, logrado mediante la construcción de una curvatura en las orillas.
Fuente: www.diariodeburgos.es
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