viernes, 30 de marzo de 2018

-Investigaciones Arqueológicas Provincia de Burgos 2017-La ciudad romana de Clunia

jueves, 29 de marzo de 2018

-Investigaciones Arqueológicas Provincia de Burgos 2017-Presentación y Las peñas sagradas de Gete.

lunes, 29 de enero de 2018

-Necrópolis de San Juan de la Hoz, Cillaperlata.


Fuente: https://lacantabriaburgalesa.wordpress.com/2017/09/03/necropolis-de-san-juan-de-la-hoz-cillaperlata-posible-pervivencia-de-ritos-funerarios-paganos-en-plena-edad-media/

21231756_1125771497553543_3433461980703678464_nEn Merindades contamos con un gran número de necrópolis excavadas en roca y cuya datación exacta sigue planteando en la actualidad serias dificultades, derivadas de que en la mayor parte de ellas solo han llegado hasta nuestros días la talla en la roca. Por ello resultan especialmente interesantes analizar los escasos ejemplos que han sido excavados arqueológicamente y en los que se han encontrado las sepulturas intactas.
La necrópolis altomedieval de San Juan de La Hoz en Cillaperlata es uno de estos casos. Situada al lado del antiguo monasterio paleocristiano de San Juan de la Hoz, precursor del de Oña, está compuesta por 82 tumbas excavadas en la roca. Durante los años 1979-1986 se realizaron excavaciones arqueológicas en 74, recuperándose un total de 67 individuos: 37 hombres, 22 mujeres, 5 niños y 3 indeterminados. Fueron datados por las directoras del yacimiento como correspondientes a un amplio período histórico comprendido entre la segunda mitad del siglo VIII y el siglo XI, que coincide con los años que transcurren entre la fundación histórica del monasterio en el 790 (se han encontrado restos visigodos por lo que su origen es casi seguro que es anterior) y su subordinación al cercano monasterio de Oña fundado en el 1011.
Parte de la necrópolis en la actualidad (Foto de Entusviajes).
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Momento de las excavaciones (fotos a través de la Asociación de Estudios Onienses).

Llama la atención el escaso número de individuos infantiles encontrados y la especial prevalencia de enfermedades artrósicas, caries y, en menor medida, callos de fractura (fracturas óseas no tratadas correctamente) en huesos de la clavícula y costillas. Se trata de una población homogénea, sedimentaria y estable, cuya economía fundamental era la agrícola y en la que no se observan signos indicativos de catástrofe natural o artificial (epidemias, hambre, guerras, etc.) (Martinez, Nieto, Díez y Ulla, 1992).
Tal vez más interesante que el análisis paleopatológico sea el análisis de los ritos funerarios que pueden deducirse de los numerosos restos encontrados, que nos acercan al mundo de las creencias en esa zona tan especial que rodea al castellum tardorromano y visigodo de Tedeja (Trespaderne).
ORIENTACIÓN DE LAS TUMBAS
Lo primero que llama la atención es la orientación de las tumbas. Todas ellas están orientadas con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este, siguiendo un patrón común al resto de necrópolis altomedievales de la zona. Esta orientación puede deberse a una pervivencia del culto solar en relación con la muerte, ya que la puesta del sol señalaría la región de los muertos. Pero también puede ser un rito eminentemente cristiano al situar la cabeza mirando hacia Jerusalén, hacia la luz de la verdadera vida.
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Plano y orientación de las tumbas.

Sin embargo, las tumbas no se sitúan en un eje oeste-este perfecto, sino más bien siguiendo un patrón NO-SE, lo que proporciona datos acerca de la época del año en que fueron construidas. En efecto, dado que el sol únicamente se oculta por el oeste exacto en los equinoccios y que durante el resto del año se desplaza más hacia el norte o hacia el sur de este punto cardinal, los arqueólogos llegaron a la conclusión de que este tipo de tumbas excavadas en piedra fueron hechas evitando los meses de más calor y de mayor frío, concretamente entre febrero-junio y agosto-noviembre (Andrio, Loyola, Martínez y Moreda, 1992).

LIBACIONES Y MONEDAS
Otros datos sumamente interesantes son que en varias de las losas de cubierta halladas se encontraron pequeños orificios circulares a la altura de la cabecera destinados a la antigua costumbre romana (pagana) de hacer libaciones al difunto. Además, en las tumbas situadas en el interior del templo románico superpuesto al visigodo, se encontraron monedas colocadas en las manos de los difuntos, siguiendo también un ritual o costumbre pagana.
Cuando se habla de paganismo en este yacimiento debemos asociarlo no con creencias prerromanas sino con los rituales funerarios romanos anteriores al cristianismo. El ritual funerario característico de los pueblos prerromanos de la zona (cántabros y autrigones) fue la incineración. En la antigua Roma coexistieron los dos principales ritos funerarios: la inhumación y la incineración, aunque con el ascenso del cristianismo la inhumación fue adquiriendo una mayor importancia y todo apunta a que hacia el siglo II dC la incineración deja de utilizarse en todos los rincones del imperio.

Las libaciones consisten en ofrecer bebidas de diverso tipo a los dioses o a los difuntos. Fue una costumbre común en las religiones griega y romana. Procopio, mártir de Palestina, fue uno de los primeros cristianos en oponerse públicamente a esta costumbre y fue por ello decapitado en el 303 dC. En el 390, el emperador Teodosio (nacido en la Gallaecia) prohibió expresamente las libaciones aunque este rito siguió estando vigente en las religiones judía y musulmana con pruebas arqueológicas de que en plena Edad Media se seguían realizando libaciones a los difuntos enterrados en necrópolis hispanas de la época. Nada hace sospechar que la necrópolis de San Juan de la Hoz acogiese a miembros de estos dos colectivos por lo que solo caben dos explicaciones alternativas: 1. O la necrópolis es más antigua de lo que afirman sus excavadoras, o 2. Cillaperlata conservaba en el siglo VIII una población aislada de personas que seguían aferradas a creencias y tradiciones de hace siglos, de cuando la zona estuvo fuertemente romanizada como parte del discutido “limes interno” o línea fortificada romana que discurría al menos desde Mave (Montaña Pelentina) hasta Buradón (Conchas de Haro) y que servía para vigilar a los cántabros del norte y tener aseguradas las zonas más romanizadas del Alto Ebro.

La aparición de cuerpos con una moneda en la mano es otro elemento a destacar y cuyo sentido e interpretación resultan más complejos. En la antigüedad griega y romana era costumbre colocar una moneda en la boca o en los ojos del difunto para pagar al barquero Caronte en su viaje al reino de los muertos. Esta tradición es mencionada por los autores latinos del siglo I dC y se expandió en esas fechas por todo el Imperio. A partir del siglo II dC se documentan monedas en la mano de los difuntos (González Villaescusa, 2001), tal vez con el significado de amuletos o talismanes (Arévalo, 2012), para traer buena fortuna desde el más allá a los que quedan aquí. Se trata, no obstante, de un rito que apenas está constatado en la Alta Edad Media y que se retoma a partir de los siglos XII y XIII (Canto, Caballero y Rodríguez, 2015) llegando incluso hasta nuestros días (Pedrosa, 2002).
Ambas parecen ser por tanto, en nuestro caso, costumbres paganas que muestran que la cristianización de toda esta zona fue un proceso lento y difícil, coexistiendo durante siglos con determinadas prácticas ancestrales firmemente arraigadas entre sus habitantes. Los enterramientos muestran esta dualidad entre creencias cristianas (inhumación y orientación de las tumbas) y paganas romanas (libaciones y monedas en las manos de los difuntos).

CONCLUSIONES
Todos estos hallazgos, analizados conjuntamente, dibujan un panorama ciertamente peculiar, en el que una pequeña zona de Merindades (Cillaperlata y tal vez otros lugares cercanos como Mijangos, Tartalés de Cilla) vivía en pleno siglo VIII aferrada a costumbres de época tardorromana, al menos desde un punto de vista ceremonial. Esto no significa que el resto de la comarca disfrutase de un mayor “desarrollo” teológico. Hay constatación de que en el siglo VI pervivían extensas bolsas de paganismo en toda la zona occidental de Merindades, a tenor de la labor evangelizadora de San Millán en la zona. La diferencia fundamental es que mientras el paganismo de otras zonas de Merindades entroncaba con los antiguos ritos y tradiciones cántabras, esta zona alrededor del Castillo de Tedeja se nos muestra anclada en un sistema de creencias y costumbres paganas romanas que hacía cinco siglos que había desaparecido de muchos otros lugares de Hispania que también estuvieron fuertemente romanizados, como La Bureba, Calahorra o León.

Más Información:
Andrio, J., Loyola, E., Martínez, J. y Moreda, J. (1992): Excavación Arqueológica en el Monasterio de San Juan de la Hoz de Cillaperlata. Nuclenor y Junta de Castilla y León.
Martínez, J.; Nieto, J.L., Díez, P. y Ulla, M. (1992). Introducción al estudio antropológico y paleopatológico de la necrópolis de San Juan de la Hoz (Cillaperlata, Burgos). Munibe (Antropologia-Arkeologia), Suplemento 8, Donostia-San Sebastián.

domingo, 28 de enero de 2018

-Castro de San Pantaleón de Losa.

Fuente:https://lacantabriaburgalesa.wordpress.com/2017/06/05/castro-de-san-pantaleon-de-losa/

Sobre el peñasco donde se encuentra la ermita de San Pantaleón hay algunos vestigios, escasos, de un poblamiento de tipo castral, que se corresponden con uno de los castros de mayor tamaño de la zona oriental de Merindades (19,5 Ha, según Ruíz Vélez, 2003), similar al de Momediano (18 Ha) y ambos mayores que el de Peñarrubia (10 Ha). Ningún autor conocido lo ha definido de forma clara como perteneciente a autrigones o a cántabros. Hay elementos que permiten sospechar que podría ser cántabro, como el hecho de que su monumentalidad se aprecie mejor viniendo del este y con una retaguardia por el occidente más bien discreta y relativamente más accesible. Pero la ausencia de campamentos de asedio romanos localizados en la zona y la presencia de elementos defensivos romanos en su interior (turris de vigilancia) nos hacen pensar como más probable el que fuese un castro autrigón. O tal vez estemos ante un castro antaño cántabro ocupado posteriormente por los autrigones en su búsqueda de una salida al mar desde La Bureba. Resulta imposible concluir nada mínimamente serio con el estado actual de nuestro conocimiento arqueológico de toda esta zona que es aún muy escaso.
El conjunto castral está ubicado sobre la ladera occidental que desciende hacia el río Jerea, uno de cuyos meandros delimita el recinto. Los otros dos flancos aparecen marcados por los escarpes del espolón rocoso, de una altura superior a los 20 m. En superficie aparecen amontonamientos de piedras labradas correspondientes a las viviendas del antiguo poblado. Se concentran en la zona próxima al río, en la parte más baja del recinto. Las casas debían estar construidas sobre terrazas muradas que contrarrestaban la pendiente. (Bohigas, Campillo y Churruca, 1984). Apenas quedan rastros de la muralla exterior que cerraba el acceso desde el río ya que posiblemente fue usada como cantera para construir la conocida ermita románica que se encuentra en el interior del castro. En superficie han aparecido materiales cerámicos correspondientes a un amplio espectro cronológico, aunque sin cerámica romana sigilata. Solo cerámica prerromana con desgrasantes micaceos elaborada a mano y de época medieval.
En la parte más alta del conocido crestón calizo en forma de proa de barco se localiza una pequeña zona de poco más de 1000 m2 y separada del resto del castro por una segunda línea de defensa consistente en dos amurallamientos y otros tantos fosos apoyados contra los ángulos de la peña. Hoy en día solo se aprecia un foso entre dos taludes, un muro transversal de un metro de espesor y más de 10 metros de largo con puerta lateral de esviaje. El acceso se hace por esta puerta a través del foso que separa ambas murallas y recorre el recinto hasta el lado contrario y entra por detrás del muro. Este podría ser el único caso conocido de acrópolis amurallada en castros de nuestra comarca, pero existen varios ejemplos en otros castros del Noroeste hispano. Los más cercanos son los que se han localizado en los oppida cántabros de Monte Bernorio (Montaña Palentina), La Ulaña (Las Loras) o en el castro de Espina del Gallego (entre las cuencas del Besaya y el Pas), que cuentan todos con acrópolis protegidas por líneas defensivas (Peralta, 2000). Estos recintos eran la residencia de las élites guerreras que controlaban el territorio y la explotación de los recursos ganaderos, mientras que las viviendas del resto de la población se concentraban en la parte baja del castro (Álvarez-Sanchis, 1993), lo que nos muestra que la sociedad de las gentes de la Edad de Hierro estaba fuertemente jerarquizada y militarizada, con una cima coronada por una aristocracia militar.
No obstante, esta misma interpretación del yacimiento tampoco es segura, dado que hay expertos que opinan que no existe el menor rastro de muralla exterior anexa al río. No hay piedras ni morcueros en las cercanías que necesariamente hubiera dejado una muralla, ni cascotes internos de pequeño tamaño que llevan en el interior y no sirven para la construcción. Ni hay cerámica ni manchones de ceniza, nada de nada. Podría haber existido una línea de muralla inferior siguiendo el camino que permite acceder al actual aparcamiento, por lo que la extensión total de este castro sería bastante menor, en torno a las 2 Ha. Por eso opinan que estaríamos ante un castro de tipo guardia, con origen en la Edad del Bronce final y posteriormente abandonados y reutilizados en la Edad del Hierro. Otro ejemplo de castro de este tipo sería el de La Muela (Merindad de Sotoscueva).
Dentro de la acrópolis se ha localizado un pequeño recinto de forma rectangular, seguramente posterior de época romana, y que podría corresponder con los restos de una turris o castellum de vigilancia militar (s.III-IV d.c.), similar a la localizada en el cercano Herrán y cuya misión sería controlar el estratégico paso del rio Jerea que comunica las zonas fuertemente romanizadas de Losa y Tobalina.
En las siguientes fotografías presentamos la interpretación que ha hecho el investigador Jesús Pablo Domínguez junto con Aitor Cabezas de los restos de la acrópolis que hoy día son visibles.
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