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Cuando un rey fallecía, sus
posesiones estaban destinadas a ser vendidas en almoneda pública para
pagar sus deudas terrenales y espirituales. Cuadros, joyas... Así lo
mandaba la tradición hasta que Felipe II deja escrito en su testamento
que su armería no sea subastada. En esa colección estaban las armas de
su admirado padre, el emperador Carlos V, que había adquirido tras su
muerte, pero también las de su abuelo Felipe I de Castilla, y sus
bisabuelos Fernando el Católico y Maximiliano I de Austria. Desde el
siglo XVI se ha custodiado y lustrado con mimo y constituye una de las
joyas del Patrimonio Histórico Español.

Cuando un rey fallecía, sus
posesiones estaban destinadas a ser vendidas en almoneda pública para
pagar sus deudas terrenales y espirituales. Cuadros, joyas... Así lo
mandaba la tradición hasta que Felipe II deja escrito en su testamento
que su armería no sea subastada. En esa colección estaban las armas de
su admirado padre, el emperador Carlos V, que había adquirido tras su
muerte, pero también las de su abuelo Felipe I de Castilla, y sus
bisabuelos Fernando el Católico y Maximiliano I de Austria. Desde el
siglo XVI se ha custodiado y lustrado con mimo y constituye una de las
joyas del Patrimonio Histórico Español.
Cuesta imaginar que las
piezas oxidadas y a punto de desintegrarse que se encuentran extendidas
sobre la 'mesa de operaciones' del Museo de Burgos compartieran
esplendor y siglo con las de aquel monarca prudente y meticuloso. Más
parecen sacadas de un galeón hundido frente a las costas vizcaínas y
modeladas por siglos de golpes de mar, tan frágiles que las siguiente
ola podría destrozarlas para siempre. Pero no, estaban ocultas en un
pozo de la Ribera delDuero, a 4 metros y medio de profundidad,
colmatadas por siglos de sedimentos, tejas y fragmentos de cerámica.
Petos, espaldares, capacetes, defensas de caballo, grebas, un ristre...
Prácticamente de todo, salvo escarpes y espuelas. Piezas defensivas, sin
lanzas ni espadas ni más armas para atacar que un pequeño cañón de
pequeño calibre (5 centímetros). ¿Cuántas? Primero habrá que recomponer
los 850 fragmentos inventariados para concretarlo. 'Coser' unas piezas y
separar otras que han quedado soldadas por la acción del agua y el
óxido. Independientemente de la cifra final, la excepcionalidad del
hallazgo está fuera de toda duda. Las obras de rehabilitación del
Palacio de Avellaneda para su conversión en hotel de la cadena Castilla
Termal han sacado a la luz el auténtico tesoro de Peñaranda de Duero.
«Es
un conjunto espectacular, que cuando se pueda mostrar completo va a
ser uno de los atractivos principales del Museo de Burgos, porque no hay
un hallazgo parecido -que sepamos- en Europa», detalla entusiasmado su
director, mientras la restauradora Adelaida Rodríguez manipula con
extremado celo una de las piezas, en las que ya no queda hierro-metal,
«solo hay hierro mineral y es muy frágil», puntualiza.
Supone un
maravillo contrasentido que instrumentos concebidos para la guerra
acaben convertidos en porcelana. Fueron algo así como «la alta costura»
del siglo XVI, cuando se extendió el gusto por las colecciones de armas
entre los nobles y rivalizaban por exhibir sus colecciones en palacios y
villas.«El Condestable tenía la Casa del Cordón una armería
espectacular, el conde de Benavente...», apunta Araus, que se ha
documentado a fondo sobre el entorno del sexto conde de Miranda y
primero de Peñaranda, Juan de Zúñiga y Bazán, a quien casi con toda
probabilidad pertenecieron estas armas. «En Peñaranda tenían un gran
salón con una estatua de Hércules y allí estaba expuesta la colección.
En ella había muchas armas de América, piezas también turcas y
japonesas, orientales,... Es un señor de la más alta política y tiene
acceso a todo», añade.
«En colecciones de museos hay piezas de
este tipo, pero han estado exhibidas, no tiradas en un pozo», de ahí su
excepcionalidad y las sorpresas que pueden deparar, avisa la
restauradora. «Es posible que nos dé sorpresas porque la misma limpieza
de continuo supone una abrasión, con lo que decoraciones muy sutiles
pueden haberse visto disminuidas. Aquí, por ejemplo, todo lo que es este
latón tiene una decoración radial, eso en otras piezas de colecciones
ha desaparecido. ¡Lo de sacar brillo está muy bien, pero poquito!»,
añade riendo Rodríguez, quien se sabe ante uno de los tres trabajos que
más le han marcado en su carrera, junto a Villanueva de Teba (necrópolis
de la Edad delHierro) y Buniel (tardorromana).
Ahora «hace falta
tiempo y colaboración interdisciplinar entre restauradores, arqueólogos,
historiadores» para devolver el esplendor de antaño. Empezó, tras su
recuperación, con el envío de diferentes piezas al Centro de
Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León de
Simancas, donde se realizaron radiografías, tomografías y distintos
ensayos y pruebas para dar con las técnicas más apropiadas para
ensamblar de nuevo las piezas, eliminar el óxido, recuperar la
decoración... De ahí salió restaurado el capacete con el que se
publicitó al mundo el tesoro de Peñaranda, en la Feria ARPA. Sin
embargo, la joya parece ser un casco «que por la radiografía se ha visto
que tiene una decoración en relieve de altísima calidad, comparable a
las mejores piezas de la Armería Real», detalla esperanzado el directo, y
«posiblemente con algún damasquinado», añade Rodríguez.
Las
piezas aguardan, embaladas y protegidas de la humedad, el momento de
obtener la financiación para acometer la restauración del conjunto.
«Estamos pensando hacer una exposición parcial, de las piezas más
completas y comprensibles para que el público tenga ocasión de verlas y,
paralelamente, ver si se puede empezar con la restauración».
Cuesta imaginar que las
piezas oxidadas y a punto de desintegrarse que se encuentran extendidas
sobre la 'mesa de operaciones' del Museo de Burgos compartieran
esplendor y siglo con las de aquel monarca prudente y meticuloso. Más
parecen sacadas de un galeón hundido frente a las costas vizcaínas y
modeladas por siglos de golpes de mar, tan frágiles que las siguiente
ola podría destrozarlas para siempre. Pero no, estaban ocultas en un
pozo de la Ribera delDuero, a 4 metros y medio de profundidad,
colmatadas por siglos de sedimentos, tejas y fragmentos de cerámica.
Petos, espaldares, capacetes, defensas de caballo, grebas, un ristre...
Prácticamente de todo, salvo escarpes y espuelas. Piezas defensivas, sin
lanzas ni espadas ni más armas para atacar que un pequeño cañón de
pequeño calibre (5 centímetros). ¿Cuántas? Primero habrá que recomponer
los 850 fragmentos inventariados para concretarlo. 'Coser' unas piezas y
separar otras que han quedado soldadas por la acción del agua y el
óxido. Independientemente de la cifra final, la excepcionalidad del
hallazgo está fuera de toda duda. Las obras de rehabilitación del
Palacio de Avellaneda para su conversión en hotel de la cadena Castilla
Termal han sacado a la luz el auténtico tesoro de Peñaranda de Duero.
«Es
un conjunto espectacular, que cuando se pueda mostrar completo va a
ser uno de los atractivos principales del Museo de Burgos, porque no hay
un hallazgo parecido -que sepamos- en Europa», detalla entusiasmado su
director, mientras la restauradora Adelaida Rodríguez manipula con
extremado celo una de las piezas, en las que ya no queda hierro-metal,
«solo hay hierro mineral y es muy frágil», puntualiza.
Supone un
maravillo contrasentido que instrumentos concebidos para la guerra
acaben convertidos en porcelana. Fueron algo así como «la alta costura»
del siglo XVI, cuando se extendió el gusto por las colecciones de armas
entre los nobles y rivalizaban por exhibir sus colecciones en palacios y
villas.«El Condestable tenía la Casa del Cordón una armería
espectacular, el conde de Benavente...», apunta Araus, que se ha
documentado a fondo sobre el entorno del sexto conde de Miranda y
primero de Peñaranda, Juan de Zúñiga y Bazán, a quien casi con toda
probabilidad pertenecieron estas armas. «En Peñaranda tenían un gran
salón con una estatua de Hércules y allí estaba expuesta la colección.
En ella había muchas armas de América, piezas también turcas y
japonesas, orientales,... Es un señor de la más alta política y tiene
acceso a todo», añade.
«En colecciones de museos hay piezas de
este tipo, pero han estado exhibidas, no tiradas en un pozo», de ahí su
excepcionalidad y las sorpresas que pueden deparar, avisa la
restauradora. «Es posible que nos dé sorpresas porque la misma limpieza
de continuo supone una abrasión, con lo que decoraciones muy sutiles
pueden haberse visto disminuidas. Aquí, por ejemplo, todo lo que es este
latón tiene una decoración radial, eso en otras piezas de colecciones
ha desaparecido. ¡Lo de sacar brillo está muy bien, pero poquito!»,
añade riendo Rodríguez, quien se sabe ante uno de los tres trabajos que
más le han marcado en su carrera, junto a Villanueva de Teba (necrópolis
de la Edad delHierro) y Buniel (tardorromana).
Ahora «hace falta
tiempo y colaboración interdisciplinar entre restauradores, arqueólogos,
historiadores» para devolver el esplendor de antaño. Empezó, tras su
recuperación, con el envío de diferentes piezas al Centro de
Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León de
Simancas, donde se realizaron radiografías, tomografías y distintos
ensayos y pruebas para dar con las técnicas más apropiadas para
ensamblar de nuevo las piezas, eliminar el óxido, recuperar la
decoración... De ahí salió restaurado el capacete con el que se
publicitó al mundo el tesoro de Peñaranda, en la Feria ARPA. Sin
embargo, la joya parece ser un casco «que por la radiografía se ha visto
que tiene una decoración en relieve de altísima calidad, comparable a
las mejores piezas de la Armería Real», detalla esperanzado el directo, y
«posiblemente con algún damasquinado», añade Rodríguez.
Las
piezas aguardan, embaladas y protegidas de la humedad, el momento de
obtener la financiación para acometer la restauración del conjunto.
«Estamos pensando hacer una exposición parcial, de las piezas más
completas y comprensibles para que el público tenga ocasión de verlas y,
paralelamente, ver si se puede empezar con la restauración».