sábado, 9 de mayo de 2026

-El frágil tesoro guerrero que manó del pozo. (Peñaranda de Duero)

 Enlace: https://www.diariodeburgos.es

 

Cuando un rey fallecía, sus posesiones estaban destinadas a ser vendidas en almoneda pública para pagar sus deudas terrenales y espirituales. Cuadros, joyas... Así  lo mandaba la tradición hasta que Felipe II deja escrito en su testamento que su armería no sea subastada. En esa colección estaban las armas de su admirado padre, el emperador Carlos V, que había adquirido tras su muerte, pero también las de su abuelo Felipe I de Castilla, y sus bisabuelos Fernando el Católico y Maximiliano I de Austria. Desde el siglo XVI se ha custodiado y lustrado con mimo y constituye una de las joyas del Patrimonio Histórico Español.

 

Cuando un rey fallecía, sus posesiones estaban destinadas a ser vendidas en almoneda pública para pagar sus deudas terrenales y espirituales. Cuadros, joyas... Así  lo mandaba la tradición hasta que Felipe II deja escrito en su testamento que su armería no sea subastada. En esa colección estaban las armas de su admirado padre, el emperador Carlos V, que había adquirido tras su muerte, pero también las de su abuelo Felipe I de Castilla, y sus bisabuelos Fernando el Católico y Maximiliano I de Austria. Desde el siglo XVI se ha custodiado y lustrado con mimo y constituye una de las joyas del Patrimonio Histórico Español.

Cuesta imaginar que las piezas oxidadas y a punto de desintegrarse que se encuentran extendidas sobre la 'mesa de operaciones' del Museo de Burgos compartieran esplendor y siglo con las de aquel monarca prudente y meticuloso. Más parecen sacadas de un galeón hundido frente a las costas vizcaínas y modeladas por siglos de golpes de mar, tan frágiles que las siguiente ola podría destrozarlas para siempre. Pero no, estaban ocultas en un pozo de la Ribera delDuero, a 4 metros y medio de profundidad, colmatadas por siglos de sedimentos, tejas y fragmentos de cerámica. Petos, espaldares, capacetes, defensas de caballo, grebas, un ristre... Prácticamente de todo, salvo escarpes y espuelas. Piezas defensivas, sin lanzas ni espadas ni más armas  para atacar que un pequeño cañón de pequeño calibre (5 centímetros). ¿Cuántas? Primero habrá que recomponer los 850 fragmentos inventariados para concretarlo. 'Coser' unas piezas y separar otras que  han quedado soldadas por la acción del agua y el óxido. Independientemente de la cifra final, la excepcionalidad del hallazgo está fuera de toda duda. Las obras de rehabilitación del Palacio de Avellaneda para su conversión en hotel de la cadena Castilla Termal han sacado a la luz el auténtico tesoro de Peñaranda de Duero.

«Es un conjunto espectacular,  que cuando se pueda mostrar completo va a ser uno de los atractivos principales del Museo de Burgos, porque no hay un hallazgo parecido -que sepamos- en Europa», detalla entusiasmado su director, mientras la restauradora Adelaida Rodríguez manipula con extremado celo una de las piezas, en las que ya no queda hierro-metal, «solo hay hierro mineral y es muy frágil», puntualiza.

Supone un maravillo contrasentido que instrumentos concebidos para la guerra acaben convertidos en porcelana. Fueron algo así como «la alta costura» del siglo XVI, cuando se extendió el gusto por las colecciones de armas entre los nobles y rivalizaban por exhibir sus colecciones en palacios y villas.«El Condestable tenía la Casa del Cordón una armería espectacular, el conde de Benavente...», apunta Araus, que se ha documentado a fondo sobre el entorno del sexto conde de Miranda y primero de Peñaranda, Juan de Zúñiga y Bazán, a quien casi con toda probabilidad pertenecieron estas armas. «En Peñaranda tenían un gran salón con una estatua de Hércules y allí estaba expuesta la colección. En ella había muchas armas de América,  piezas también turcas y japonesas, orientales,... Es un señor  de la más alta política y tiene acceso a todo», añade. 

«En colecciones de museos hay piezas de este tipo, pero han estado exhibidas, no tiradas en un pozo», de ahí su excepcionalidad y las sorpresas que pueden deparar, avisa la restauradora. «Es posible que nos dé sorpresas porque la misma limpieza de continuo supone una abrasión, con lo que decoraciones muy sutiles pueden haberse visto disminuidas. Aquí, por ejemplo, todo lo que es este latón tiene una decoración radial, eso en otras piezas de colecciones ha desaparecido. ¡Lo de sacar brillo está muy bien, pero poquito!», añade riendo Rodríguez, quien se sabe ante uno de los tres trabajos que más le han marcado en su carrera, junto a Villanueva de Teba (necrópolis de la Edad delHierro) y Buniel (tardorromana).

Ahora «hace falta tiempo y colaboración interdisciplinar entre restauradores, arqueólogos, historiadores» para devolver el esplendor de antaño. Empezó, tras su recuperación, con el envío de diferentes piezas al Centro de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León de Simancas, donde se realizaron radiografías, tomografías y distintos ensayos y pruebas para dar con las técnicas más apropiadas para ensamblar de nuevo las piezas, eliminar el óxido, recuperar la decoración... De ahí salió restaurado el capacete con el que se publicitó al mundo el tesoro de Peñaranda, en la Feria ARPA. Sin embargo, la joya parece ser un casco «que por la radiografía se ha visto que tiene una decoración en relieve de altísima calidad,  comparable a las mejores piezas de la Armería Real», detalla esperanzado el directo, y «posiblemente con algún damasquinado», añade Rodríguez. 

Las piezas aguardan, embaladas y protegidas de la humedad, el momento de obtener la financiación para acometer la restauración del conjunto. «Estamos pensando hacer una exposición parcial, de las piezas más completas y comprensibles para que el público tenga ocasión de verlas y, paralelamente, ver si se puede empezar con la restauración». 

Cuesta imaginar que las piezas oxidadas y a punto de desintegrarse que se encuentran extendidas sobre la 'mesa de operaciones' del Museo de Burgos compartieran esplendor y siglo con las de aquel monarca prudente y meticuloso. Más parecen sacadas de un galeón hundido frente a las costas vizcaínas y modeladas por siglos de golpes de mar, tan frágiles que las siguiente ola podría destrozarlas para siempre. Pero no, estaban ocultas en un pozo de la Ribera delDuero, a 4 metros y medio de profundidad, colmatadas por siglos de sedimentos, tejas y fragmentos de cerámica. Petos, espaldares, capacetes, defensas de caballo, grebas, un ristre... Prácticamente de todo, salvo escarpes y espuelas. Piezas defensivas, sin lanzas ni espadas ni más armas  para atacar que un pequeño cañón de pequeño calibre (5 centímetros). ¿Cuántas? Primero habrá que recomponer los 850 fragmentos inventariados para concretarlo. 'Coser' unas piezas y separar otras que  han quedado soldadas por la acción del agua y el óxido. Independientemente de la cifra final, la excepcionalidad del hallazgo está fuera de toda duda. Las obras de rehabilitación del Palacio de Avellaneda para su conversión en hotel de la cadena Castilla Termal han sacado a la luz el auténtico tesoro de Peñaranda de Duero.

«Es un conjunto espectacular,  que cuando se pueda mostrar completo va a ser uno de los atractivos principales del Museo de Burgos, porque no hay un hallazgo parecido -que sepamos- en Europa», detalla entusiasmado su director, mientras la restauradora Adelaida Rodríguez manipula con extremado celo una de las piezas, en las que ya no queda hierro-metal, «solo hay hierro mineral y es muy frágil», puntualiza.

Supone un maravillo contrasentido que instrumentos concebidos para la guerra acaben convertidos en porcelana. Fueron algo así como «la alta costura» del siglo XVI, cuando se extendió el gusto por las colecciones de armas entre los nobles y rivalizaban por exhibir sus colecciones en palacios y villas.«El Condestable tenía la Casa del Cordón una armería espectacular, el conde de Benavente...», apunta Araus, que se ha documentado a fondo sobre el entorno del sexto conde de Miranda y primero de Peñaranda, Juan de Zúñiga y Bazán, a quien casi con toda probabilidad pertenecieron estas armas. «En Peñaranda tenían un gran salón con una estatua de Hércules y allí estaba expuesta la colección. En ella había muchas armas de América,  piezas también turcas y japonesas, orientales,... Es un señor  de la más alta política y tiene acceso a todo», añade. 

«En colecciones de museos hay piezas de este tipo, pero han estado exhibidas, no tiradas en un pozo», de ahí su excepcionalidad y las sorpresas que pueden deparar, avisa la restauradora. «Es posible que nos dé sorpresas porque la misma limpieza de continuo supone una abrasión, con lo que decoraciones muy sutiles pueden haberse visto disminuidas. Aquí, por ejemplo, todo lo que es este latón tiene una decoración radial, eso en otras piezas de colecciones ha desaparecido. ¡Lo de sacar brillo está muy bien, pero poquito!», añade riendo Rodríguez, quien se sabe ante uno de los tres trabajos que más le han marcado en su carrera, junto a Villanueva de Teba (necrópolis de la Edad delHierro) y Buniel (tardorromana).

Ahora «hace falta tiempo y colaboración interdisciplinar entre restauradores, arqueólogos, historiadores» para devolver el esplendor de antaño. Empezó, tras su recuperación, con el envío de diferentes piezas al Centro de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León de Simancas, donde se realizaron radiografías, tomografías y distintos ensayos y pruebas para dar con las técnicas más apropiadas para ensamblar de nuevo las piezas, eliminar el óxido, recuperar la decoración... De ahí salió restaurado el capacete con el que se publicitó al mundo el tesoro de Peñaranda, en la Feria ARPA. Sin embargo, la joya parece ser un casco «que por la radiografía se ha visto que tiene una decoración en relieve de altísima calidad,  comparable a las mejores piezas de la Armería Real», detalla esperanzado el directo, y «posiblemente con algún damasquinado», añade Rodríguez. 

Las piezas aguardan, embaladas y protegidas de la humedad, el momento de obtener la financiación para acometer la restauración del conjunto. «Estamos pensando hacer una exposición parcial, de las piezas más completas y comprensibles para que el público tenga ocasión de verlas y, paralelamente, ver si se puede empezar con la restauración». 

No hay comentarios:

Publicar un comentario