jueves, 1 de noviembre de 2012

-Antes que el cementerio de San José.


Antes que el cementerio de San José existió otro, que se ubicó en los terrenos sobre los que más tarde se edificaría el seminario mayor, en la ladera del cerro del Castillo.  Pero antes incluso que aquel, hubo un primer camposanto cuya singular origen traemos hoy aquí, único día del año en que esa urbe pacífica de mausoleos y cruces se habita con desmesura. Su creación se debe a un solo hombre, el general francés Paul Thiebault, gobernador de Castilla durante la ocupación francesa. Tipo culto y refinado, el militar al que Napoleón Bonaparte encomendó el control de la capital castellana, enclave estratégico en la invasión, desarrolló desde su llegada una especial obsesión por la limpieza y el higiene de la urbe, que dejaba mucho que desear. Tal fue la preocupación del general, que una de sus primeras medidas, que posteriormente se extendería por toda la España ocupada, fue la construcción de un cementerio, aboliendo la tradición secular de inhumar a los muertos en las iglesias. El tufo a cadáver que Thiebault soportaba cuando asistía a misa en la Catedral resultó definitivo para que el general impusiera, contra la opinión del clero, aquella propuesta.

En adelante, los enterramientos tenía que hacerse extramuros. Tras los preceptivos estudios, Thiebault resolvió que el lugar idóneo sería el entorno del monasterio de San Agustín, entonces abandonado y en casi en ruinas: se hallaba lo suficientemente alejado de la ciudad como para que los posibles olores se percibieran en ella pero no en un punto remoto, lo que podría desanimar a los deudos a llevar hasta allí a sus familiares desaparecidos. Y tenía un componente sagrado, ya que se trataba de un terreno vinculado al cenobio, esto es, que contaría con ese ‘abrigo’ espiritual que no ahuyentaría a los burgaleses, máxime tratándose de un recinto que durante siglos había venerado la imagen del Santo Cristo de Burgos.
En 24 de febrero de 1809, adelantándose al Real Decreto que el 4 de marzo de ese año estamparía con su firma José Bonaparte, el gobernador francés expuso a los burgaleses las nuevas normas: en adelante, quedaba prohibido dar sepultura en la iglesias de Burgos; que la huerta que se ubicaba frente a San Agustín se destinaría para sepultar «todos los cadáveres de este pueblo»; que se exhortaría al arzobispo a bendecirla; que el comandante de armas, el corregidor y los curas serían en adelante «los responsables del cumplimiento de ese decreto».

«La huerta en cuestión tenía una forma rectangular y se encontraba situada en el espacio que existía entre el edificio del convento de San Agustín y el Hospital de la Concepción. Las obras que se realizaron para acoger el cementerio llevaron a dividirla en dos zonas con caminos principales para carros y otros más estrechos, que se cruzaban con los primeros, para peatones, permitiendo de este modo el acceso de una manera fácil a las sepulturas», escribe Óscar Moral Garachana en su estudio El cementerio del general Thiebault (Institución Fernán González).

Huelga decir la escasa o nula gracia que le hizo al clero esta medida, menos aún a los canónigos de la Catedral, que solían ser enterrados en la joya gótica. Pues quiso el destino que el primer fallecido tras la aprobación del decreto del francés fuese un miembro del Cabildo: el racionero Miguel Ortiz Rufrancos. Según cuenta Moral en su estudio, el arzobispo trató de convencer al general de que se hiciera una excepción y el canónigo fuese sepultado en el primer templo de la ciudad. Thiebault se vio ante un dilema de difícil solución. Por un lado, si cedía al ruego del arzobispo, sentaba un precedente que podía menoscabar su autoridad en adelante; por otro, no quería enfrentarse a un más al estamento eclesiástico.
El general se salió con la suya sin que esto segundo sucediera. En una pirueta entre diplomática y maquiavélica, convenció al Cabildo de que la muerte de ese miembro era una señal divina, esto es, que Dios había dispuesto que el primer huésped del nuevo jardín de la eternidad no fuese una persona cualquiera, sino uno de sus ministros en la tierra. El Cabildo, aunque no demasiado convencido por ser un francés quien les hablara de la Providencia del Altísimo, aceptó, saliendo Thiebault triunfante, ya que siendo enterrado allí el primero un miembro de la Iglesia nadie podría negarse en adelante a hacer lo mismo.
No en vano, durante el tiempo que se prolongó la ocupación francesa fue ese y no otro el lugar de enterramiento en la ciudad, pese a que se demostró que no había sido el idóneo por cuanto los hedores alcanzaban la ciudad y ponía en riesgo la salubridad de los vivos. El camposanto fue abandonado tras la marcha de los invasores. No volvió a saberse nada de él hasta que a finales del siglo XIX se rehabilitara San Agustín como escuela de niños sordos, mudos y ciegos. Durante las obras de acondicionamiento, salieron a la luz numerosos restos óseos humanos. La eternidad a veces se rebela contra el olvido.

Fuente: www.diariodeburgos.es

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