sábado, 1 de octubre de 2011

-Relato del descubrimiento del brazalete de oro de Atapuerca.

Escrito por Ana Isabel Ortega Martínez  

www.grupoedelweiss.com

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Era el día 21 de julio y, como en el resto de jornadas, la tarde la dedicábamos a los trabajos relacionados con el nivel de la terraza que se documenta en varios sectores de la Cueva del Silo. Éramos un equipo de 8 personas, los geólogos Eneko Uriarte y Asier Gómez, las palinólogas Miriam Dorado y Ana Valdeolmillos, los espeleólogos Miguel Ángel Martín y Fernando Ausín, la topógrafa Raquel Pérez y yo.

Nos habíamos dividido el trabajo: Raquel y yo estábamos topografiando, Miriam y Ana muestreaban en las arenas que hay sobre las gravas, Eneko y Asier tomaban datos de la columna estratigráfica y Miguel y Fernando hacían las fotografías. Entonces sucedió que, en la parte superior de los sedimentos de la columna estratigráfica, debajo del caos de bloques existente, al iluminar un hueco con el frontal eléctrico, algo brillaba al fondo y brillaba mucho, tanto como la moneda de oro musulmana que había salido el día anterior en la excavación del Portalón.

Eneko y Asier se miraron, sabían lo que era pero no lo creían, no podía ser cierto pero brillaba mucho y estaba ahí al lado, debajo del bloque calizo, aunque parecía inalcanzable debido a lo estrecho del lugar; finalmente tras indagar un poco encontraron un pequeño hueco entre los bloques por el que, tras deslizarse desde arriba, pudieron alcanzarlo. Tomaron el extraño objeto y se lo pasaron a Miriam y Ana, que no podían imaginar ante qué estaban, no comprendían el brillo de los ojos de sus compañeros. Entre tanto llegó Miguel, quien se echó a reír y, asombrado, les inquiría de donde lo habían sacado, que le dijeran la verdad, que ellos lo habían puesto allí, dado que ambos habíamos dibujado y fotografiado esa columna estratigráfica sin haber visto allí nada antes. Sabía lo que tenía entre manos y no se lo podía creer, confirmó lo que Eneko y Asier no se atrevían a aseverar. Una alegría extraña inundó al grupo y decidieron que yo debía conocer lo sucedido de una forma especial.

Asier se acercó hasta el lugar donde Raquel, Fernando y yo estábamos topografiando otro punto de la terraza y me comentó que las palinólogas requerían de mi presencia, ya que tenían dudas sobre donde muestrear. Me dispuse a partir pero Raquel me indicó que faltaban unos pocos puntos, que acabásemos primero. Decidí terminar la topografía, a pesar de la insistencia de Asier. Al cabo de unos 10 minutos nos acercamos al resto del grupo y, una vez allí, empezaron a decirme que tenía que mirar entre los bloques porque encima de la terraza había unos huesos. Yo me emocioné y empecé a hablar de las similitudes entre esta secuencia y la de Cueva Peluda, pero nadie me hacía caso e insistían en que me Brazalete07.jpgmetiese entre los bloques a ver los huesos; yo hablaba y hablaba de su posible cronología hasta que, dado el empeño de mis compañeros, me escurrí entre dos bloques y pude ver el brillo del oro, el brillo de un brazalete de oro, suavemente depositado sobre la arcilla y debajo de un gran bloque calizo, allí solo, como esperando. En esos instantes imprecisos no supe qué decir, callada y atónita hice un movimiento brusco hacia arriba para ver a los demás pero mi cuerpo chocó con las paredes del bloque y como no podía moverme lo único que quería era que Raquel viera lo que mis atónitos ojos estaban observando, llamaba a Raquel e insistía en que bajara, pero Raquel no bajaba porque no sabía como hacerlo, sólo había un pequeño hueco entre los bloques y estaba ocupado por mi cuerpo. Cuando me dijo que no podía, porque estaba yo, entonces, sólo entonces, cogí el brazalete y se lo enseñé.

Estaba limpio, brillaba como nuevo, comprendí el valor del oro, su eternidad. Una eternidad que embriagaba de alegría aquel rincón oscuro de la Cueva del Silo, en aquel punto donde los cantos rodados del río Arlanzón llegaron hace cientos de miles de años, marcando el paso de unas corrientes que dejaron de fluir como lo harían las culturas que se conservan en estas cavidades y que son capaces de resurgir miles de años después. Nadie esperaba encontrar un hallazgo así, a pesar de estar ante unos yacimientos tan generosos; nadie imaginaba que la Cueva del Silo, hasta hoy una cavidad con escasas evidencias arqueológicas, destrozada y machacada por las numerosas visitas, pudiera representar un lugar especial para las culturas pasadas.

Este hallazgo es tan excepcional, que nadie podía imaginar su presencia, primero por ser un brazalete de oro ya que, como dijo Toni Canals tras el plantón de dos horas que le dimos esa tarde, estos hallazgos son de otra época, son de los que se encontraban los pioneros. En segundo lugar por estar en Cueva del Silo, una cavidad de segundo rango en la Sierra de Atapuerca.

Brazalete08.jpg Los diferentes hallazgos del pasado en el karst de la Sierra de Atapuerca deberían hacernos reflexionar sobre lo que representaban las cavidades para los pobladores de la Prehistoria, para quienes de algún modo fueron sagradas, lugares de culto de unas gentes que desaparecieron hace mucho tiempo, perdiéndose con ellos una forma de entender la ocupación del mundo subterráneo.

Quizá, como dijo Nacho Martínez en una de sus visitas, fueron las diosas de la Sierra quienes regalaron este don a los que estudiamos las cavernas y sus recovecos, los espeleólogos, y lo depositaron lejos de las zonas de excavación o de las cavidades famosas, en el rincón del olvido, protegido más de 3.000 años bajo los bloques que una vez cayeron del techo. Pero como suele ocurrir con los regalos inesperados, este se produjo el día del cumpleaños de Olga y Shane, que junto a Mari y José Luis se acercaron también ese día a esperarnos a la entrada de la cavidad, por lo que fue también un regalo para ellos y, por pertenecer al mundo de la Prehistoria reciente, también fue un regalo para la gente que excava en el Portalón y en el Mirador, en suma, un regalo para todo el gran Equipo de Investigaciones de la Sierra de Atapuerca que sigue trabajando en estas Cuevas Sagradas. Y, en última instancia, es un regalo para todos aquellos que están interesados en el mundo de nuestros antepasados.

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